Sitios más notables del término
De Biblioteca de Córdoba
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Tal vez debiéramos empezar este paseo explicando a nuestros lectores los límites del término de Córdoba, sus productos, tanto en frutos como en diversas clases de animales, y otras muchas particularidades, tan dichas ya por diferentes escritores, que en nosotros no harían más que alargar estos apuntes, repitiendo lo que todos tienen olvidado. Vamos, pues, a reseñar sólo los sitios más notables, que es lo que consideramos interesante, cuya opinión creemos será la de nuestros lectores.
En esta suposición, nos dirigiremos primero a la inmediata villa de Santa María de Trassierra por la hermosa carretera que en estos últimos años se ha construido con los fondos provinciales, como para indemnizar a Córdoba con aquélla y con la que conduce a los Arenales, pasando entre las huertas de la sierra, de las cantidades con que ella ha contribuido a las muchas carreteras provinciales que han facilitado las comunicaciones entre muchos pueblos que, en tiempos de lluvias, puede decirse quedaban aislados.
Las Margaritas y su industria
Al emprender nuestra marcha dejamos a la derecha la Estación de los ferrocarriles de Sevilla, Madrid y Málaga, y a la izquierda la de la línea de Espiel y Belmez, o sea, la que en Almorchón enlaza con la de Madrid a Portugal. A poca distancia encontramos un gran tramo dedicado a la industria. Allí vemos primero una fábrica de materiales de construcción, a seguida otra magnífica del señor don Joaquín de la Torre y Compañía, para la extracción de aceite de orujo y elaboración de jabones, montada con arreglo a los últimos adelantos, y, pasada, hornos para hacer cisco o picón con el ya utilizado orujo de la anterior, al que se convierte en un tercer producto, y otra fábrica fundición de plomos, en la actualidad en construcción, muestras todas ellas de nuestra entrada en la vida industrial, en que tanto puede hacerse en Córdoba, donde con tan grandes elementos se cuenta para los que deseen utilizar sus capitales.
Poco más allá de este sitio se descubrió en la primavera de este año, 1876, dentro de un sembrado, el cadáver de un hombre ya en putrefacción, que encontraron unos perros, y cuya identificación personal aún no se ha logrado, creyéndose que sería algún viajero de la línea de Espiel y Belmez que, desconociendo el camino, se fiaría de algunos infames, que, llevándolo al opuesto lado de la capital, lo asesinarían por robarlo.
La Albaida
Una media legua habremos andado cuando encontramos la hermosa hacienda de la Albaida, cabeza de señorío que posee el señor duque de Hornachuelos. Aquel nombre significa Castillo Blanco y, en efecto, la linda casa actual está sobre los cimientos de una antigua fortaleza de que conserva algunos vestigios. Hemos tenido el gusto de visitarla, y en su capilla, muy antigua por cierto, se encuentra la imagen que le sirvió de titular, si bien hoy tiene otra Virgen en un retablo, procedentes ambos objetos del suprimido convento de frailes franciscos que había en la Arrizafa, de que bien pronto nos ocuparemos.
En uno de los ejemplares de los Casos raros de Córdoba hemos leído que un señor Fernández de Córdoba, dueño o labrador de esta finca, mató en sus tierras a un hombre que iba a cazar, en la creencia de que lo llevaba la idea de robar el fruto, y que, probada la inocencia de la víctima, fue sentenciado el primero a la última pena, de la que se evadió escondiéndose en un convento hasta que, a fuerza de empeños y donativos a favor de la familia ofendida, logró que el rey lo indultase de aquel castigo.
La aldea de Santa María de Trasierra
Siguiendo nuestra ruta pasamos por un sitio conocido por el Balcón del Mundo, a causa del magnífico y extenso panorama que desde él se admira, y dejando a los lados los lagares de San José y el Rosal, ambos con oratorios, y el segundo, con especialidad, abundantísimo en maderas de construcción, llegamos a la aldea de Santa María de Trassierra, en otros tiempos villa y mucho más poblada que en la actualidad, debiendo su decaimiento tanto a la insalubridad de su situación como a que, siendo su término casi en su totalidad de hacendados forasteros, aquellos vecinos carecían de medios para atender al sustento de sus familias.
Está a unos 16 kilómetros de Córdoba, y en 1846 tenía todavía tres calles y una plaza, y en ellas 20 casas con 24 vecinos que contaban 75 habitantes. Pero en el último Nomenclator aparece ya con quince casas habitadas y una en alberca, de las que diez son de un solo piso y las seis restantes de dos. Por estas cifras se ve que este pueblo va en disminución, mal que padecía muchos años antes, como se prueba claramente tanto por los expedientes de quintas -que desde la institución de ellas existen en el archivo del Gobierno de la provincia- como por los diccionarios geográficos antiguos, y así vemos que en el de don Antonio Montpalan, impreso en Madrid en 1783, se hace figurar a la villa de Trassierra con 200 vecinos, o sean, diez veces más de los que en la actualidad cuenta. No puede ser más justificada la medida llevada a cabo en primero de enero de 1846, haciéndole perder la categoría de villa y convirtiéndola en una aldea dependiente de la jurisdicción de Córdoba.
El edificio más notable, aunque de escasísima importancia, es el que servía de Ayuntamiento, cárcel y pósito, que aún se conserva en beneficio de aquellos habitantes.
Su término era de 4 leguas, con unas 4.824.500 varas cuadradas, las cuales vinieron, por consiguiente, a aumentar el de esta ciudad.
Sin embargo que, tanto en aquella población como en sus cercanías se ven algunos rastros de edificios antiguos, su fundación no lo es tanto, si bien no podemos precisar la época fija de ella, que se cree sea del último tercio del siglo XVI, apoyándose esta opinión en que el célebre poeta cordobés Juan Rufo, que vivió por este tiempo, pone en su romance Los Comendadores -en que se refiere la muerte que les dio Fernán Alfonso de Córdoba, de cuya histórica tradición nos ocupamos en el barrio de Santa Marina-, los siguientes versos, que dan una idea del estado entonces de aquel sitio: "Por qué se quiere ir á monte / por cuatro dias ó cinco / á un bosque fragoso entonce / de fieras albergue nido, / y agora dicho Trassierra / que es de granjas paraíso". Luego en el siglo XV ni aún estaba aquel lugar desmontado, como en el tiempo en que se escribían los anteriores versos.
Varios escritores y entre ellos nuestro desgraciado amigo don Luis Ramírez y de las Casas-Deza, en su Corografía de la Provincia de Córdoba dice que las cortes que se disolvieron en 25 de diciembre de 1656 prestaron consentimiento para que el rey vendiese algunos pueblos para reunir, con otros recursos que se le facilitaron, millón y medio de ducados, y entre aquéllos se contó la villa de Trassierra, que compró don Juan de Góngora, dando 346.875 maravedises, o sean, 18.750 por cada uno de los dieciocho vecinos y medio que se le calcularon de población, dándole la posesión de aquel señorío el corregidor de Córdoba don Fernando Manuel de Villafaña, en 5 de enero de 1661, importando aquella suma con el valor del término 4.953.388 maravedises, según el privilegio que se le expidió en 27 de julio de 1663.
La iglesia parroquial
La única parroquia que tiene debió fundarse como ermita, sin poder administrar sacramentos, porque en un sínodo celebrado en 1667 no aparece representada, y además sus libros no principian hasta 1719.
Éste es un edificio mediano, basado en otro antiguo, según indican parte de sus muros, dando lugar a que algunos crean haber existido en aquel lugar un convento de templarios. Está dedicada a la Purificación de Nuestra Señora, en cuyo día 2 de febrero se celebra una gran función. Además tiene otros dos altares al frente de las naves colaterales, y al final de una de ellas una capilla con la pila del bautismo. Contiguo a la parroquia está la casa del cura y el cementerio.
Cerca de Trassierra hubo dos Ermitas dedicadas a San Sebastián y San Cristóbal, santos que en este país han tenido muchos devotos, pues son varios los pueblos de esta provincia que les han erigido iglesias. También muy cerca existen uno o dos pozos para guardar nieve, de los que durante siglos se ha surtido esta capital.
Las fuentes de Trasierra
El terreno que constituía el término de Trassierra ha sido siempre abundante de aguas, contándose entre otros veneros los que surten las fuentes llamadas la Víbora, Valdezorrilla, del Fraile, la Alcubilla, la Llueca, del Rey, la Teja, Cinco Pilones, el Borbollón y la mineral Agria, que se aplica a diferentes enfermedades. Pero los veneros más abundantes son los del Caño Escaravita y los del cordobapedia:Arroyo Bejarano. Este último dio movimiento a una máquina de batir el cobre, y en la actualidad a una bien montada fábrica de paños.
El Santuario de Nuestra Señora de Linares
Desde Trassierra debemos ir al venerado santuario de Nuestra Señora de Linares, por considerarlo el más antiguo de cuantos tenemos que anotar en los alrededores de Córdoba, por haberse fundado en seguida de su conquista.
Conocida es ya de nuestros lectores la conquista de Córdoba por el santo rey Fernando III, dispensándonos el que la repitamos para completar la historia del santuario de Linares. Aquel monarca llegó con sus huestes a la pequeña población de Alcolea, acampándolas en toda la parte de la sierra que mira a la ciudad y fijando su tienda cerca de donde vemos la ermita. Según costumbre, con el objeto de animar a sus soldados llevaba siempre consigo una imagen de la Virgen, de regular tamaño, para poderla colocar, durante las batallas, en el arzón de la silla de su caballo, donde todos podían llamarla como su poderosa defensora.
El nombre de Linares ha dado lugar a diferentes conjeturas. Créese, entre ellas, que no estando el rey en Toledo, sino en Benavente, al saber la toma de la Ajerquía, y no teniendo allí su imagen predilecta, o tomó ésta al pasar por la población del mismo título de Linares, o la Virgen quedó con el del apellido del capellán a quien venía confiada. De uno u otro modo, se asegura que el Santo Rey la colocó por sí mismo en el centro de una torre o atalaya que encontró en aquel sitio, y por consiguiente a su persona se le debe confirmar la creación de aquel venerado santuario.
Realizada al fin la conquista de la ciudad parecía natural que la imagen hubiese sido traída a ella; mas no lo fue, tanto por conservar aquel histórico recuerdo como por creerla más segura, pues quedando Córdoba aún rodeada por pueblos dominados por los árabes, sería más fácil en una sorpresa que sus guardadores la salvaran por entre las espesuras de la sierra.
La devoción a la Virgen de Linares
Desde este tiempo data la devoción de los cordobeses a Nuestra Señora de Linares. Sus donativos, aumentados con los que hiciera el obispo don Lope de Fitero y el Cabildo Catedral, fueron bastante a labrarle iglesia ante la torre que quedó y existe, formando la capilla mayor, si bien desde entonces una y otra han sufrido muchas restauraciones, hasta hacerle perder su primitiva arquitectura, especialmente a la iglesia.
Unas veces muy viva y otras bastante tibia, ha llegado a nosotros aquella devoción después de pasar más de 600 años, probándose esta verdad histórica con las mandas piadosas que a su favor se encuentran en muchos testamentos, entre ellos el del deán don Pedro Ayllón, otorgado en 2 de julio de 1302, mandando se le restituyera a dicho santuario, a la sazón casi desamparado, 122 maravedises y varias alhajas que tenía en su poder. También hemos leído que el maestrescuela Bañuelos edificó a su costa las habitaciones que aún existen a la derecha de la iglesia, y el chantre Aguayo dejó un legado de doce fanegas de trigo y cien reales anuos para ayuda de un santero que permaneciese al cuidado de la Virgen.
La hermandad de los Calceteros
A poco también de la conquista instituyóse una hermandad que fundó el hospital de la Lámpara o San Cristóbal, cuya iglesia aún existe con el título de Nuestra Señora del Amparo. A ella pertenecían todos los individuos del gremio de calceteros, que estando establecidos en aquellos alrededores dieron nombre al arquillo que había en la confluencia de la Carrera del Puente con la Cruz del Rastro. En 1290 el obispo don Pascual formó instituciones para esta hermandad, y en ellas le impuso la obligación de celebrar fiesta anual a Nuestra Señora de Linares en su santuario, siendo tan bien acogida esta disposición que durante los ocho días anteriores al de expresada festividad celebraban una feria cerca del Amparo, cogiendo parte de la Calle de San Fernando, que con tal motivo tomó el título de la Feria, que hasta hace pocos años ha conservado, anunciando también aquélla una especie de procesión que recorría las calles con trompetas y chirimías y llevando un estandarte que se cree sea el existente en la Catedral, pues no es posible sea éste el que trajo San Fernando, como algunos afirman, porque tiene en el centro su imagen rodeada de una aureola demostrando su santidad, y ésta no debió ponérsele hasta después de su canonización.
Como desgraciadamente todo pasa con más rapidez de lo que quisiéramos, acabose no sólo aquella fervorosa devoción sino hasta el gremio de calceteros, numeroso en aquel tiempo, y el santuario de Linares quedó otra vez casi abandonado, por lo que el Cabildo, que desde un principio lo protegió, se declaró su patrono, designando individuos de su seno que anualmente se renovasen y estuviesen al cuidado de la iglesia de Linares, lográndose de este modo que no haya desaparecido como el de los Mártires y otros, ya historiados en estos paseos.
En el presente siglo, realizada la desamortización de todos los bienes eclesiásticos, se vendieron por el Estado las pocas fincas con que se contaba para el culto, y como a la vez los individuos del Cabildo sufrieron igual suerte, quedó el santuario de Linares sin contar con más recursos que las limosnas de los devotos, tan escasas que no podían sufragar aquel gasto, por lo que vino casi a un total abandono.
En 1856 sufrió una grave enfermedad el entonces obispo de Córdoba don Manuel Joaquín Tarancón, después arzobispo de Sevilla, donde murió, y entre las imágenes a quienes en sus oraciones se encomendó se encontraba nuestra Conquistadora, como la califican algunos autores, a la que en primero de junio costeó una magnífica función en acción de gracias, asistiendo él mismo acompañado de casi la totalidad de su Cabildo, siendo motivo bastante para que reviviese la devoción a la imagen, nombrándosele otra vez diputado, que lo fue don Eusebio Tarancón, sobrino del prelado, a quien acompañó a Sevilla, reemplazándolo en este cargo el canónigo don Francisco Cubero, hermano del actual obispo de Orihuela, y por su muerte, don Rafael de Sierra y Ramírez, que aún cuida, como visitador, del santuario.
La hermandad de Linares
Este nuevo fervor religioso extendiose a varios devotos y dueños de las heredades cercanas a la ermita, quienes concibieron el pensamiento de fundar una hermandad o asociación que en lo sucesivo cuidase del culto de tan venerada imagen, viéndose bien pronto realizada tan oportuna idea, considerándose como fundadores a los individuos cuyos nombres vemos consignados en la reseña histórica que antecede a la novena que en 1869 escribió e imprimió en casa de don Rafael Arroyo el beneficiado de la Santa Iglesia Catedral don Rafael Díaz de Almoguera, de quien hemos visto algunos otros trabajos literarios que le valieron el ser admitido como académico en la de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de esta capital.
Organizose la asociación, y redactadas sus reglas o estatutos fueron aprobadas por el obispo don Juan Alfonso de Alburquerque en 26 de abril de 1861, y después por la reina doña Isabel II en 13 de julio de 1863, la que en 26 del mismo mes y año se declaró protectora y hermana mayor de esta corporación, que se apresuró a consignarlo así en las actas de sus cabildos o sesiones.
Desde entonces no sólo se viene dando solemne culto a Nuestra Señora de Linares, celebrando una novena en días festivos y una numerosa romería en el de la festividad, sino que se han hecho en aquel edificio notabilísimas mejoras, así como en los objetos destinados al culto.
La iglesia del Santuario
La iglesia es pequeña, en forma de crucero, y además del altar mayor, donde está la Virgen, que es de talla con el ropaje dorado y vestida encima, hay otros varios altares dedicados a Jesús Nazareno y Nuestra Señora de los Dolores, imágenes de vestir que hace siglos tuvieron hermandad, que en las Semanas Santa costeaba un sermón de Pasión y andaba el vía crucis en el monte de enfrente, que desde entonces se llama de Jesús; San Rafael, escultura que estuvo en su iglesia del Juramento hasta que don Alonso Gómez hizo la que hoy ocupa el altar mayor; San José, también escultura, de mucho mérito, obra del padre trapense Welber, y donada al santuario por don José Sánchez Sandoval hacia 1820; figura que el Niño está durmiendo y que el santo está imponiendo silencio a varios ángeles para que no turben su sueño; y por último. San Fernando, obra del escultor don Lorenzo Cano, costeado por don Bartolomé Olivares y otros devotos, los que al verla terminada la llevaron a la iglesia de San Francisco, donde le hicieron una novena que principió el 6 de mayo de 1804, y terminada ésta, lo trasladaron al lugar en que se encuentra.
Además vemos allí varios cuadros, algunos de mérito, entre ellos otro San Fernando, donado por doña Antonia Rodríguez en 1799; San Lorenzo, a cuya feligresía corresponde; San Francisco, que es el mejor; San Acisclo y Santa Victoria. En la sacristía encontramos el milagro o exvoto de don Gonzalo Serrano, ya referido al pasar por la calle de la Pierna, y tres sillones para el altar mayor, procedentes del suprimido monasterio de San Jerónimo, los que por su estructura nos hacen creer si les servirían a los Reyes Católicos en las veces que se hospedaron con aquellos monjes.
Las dimensiones de este edificio son: veintiséis varas de largo su fachada que mira a occidente; la capilla mayor o torre, hoy camarín, cuatro varas y media de fondo, y tres y tres cuartas de ancho en su entrada, y la nave catorce de longitud por cinco y tercia de latitud. A los pies y sobre la puerta tiene una pequeña tribuna.
El actual altar mayor se estrenó en abril de 1868, desapareciendo el antiguo y dejando tapado el primitivo nicho en el centro del muro de la torre, tal vez hecho cuando todavía el Santo Rey no había abandonado Córdoba la primera vez recién conquistada. Careciendo esta venerada imagen de oficio eclesiástico y misa propia, su ilustrado capellán e historiador fray Lucas de Córdoba, de la orden de San Francisco, y ya mencionado en nuestros apuntes, se las escribió en 1806, habiendo sido después aprobados, y por último, con fecha 2 de junio de 1867 se recibió una bula de su santidad Pío IX agregando esta iglesia de Nuestra Señora de Linares a la basílica de Santa María la Mayor de Roma, para que los que la visiten gocen de sus innumerables indulgencias, además de las que a ella tenían concedidas muchos ilustrísimos prelados.
Las venidas de la imagen a Córdoba
En las memorias antiguas de Nuestra Señora de Linares nada se dice de haberla traído a Córdoba, pero en el presente siglo ha venido dos veces, por cierto en días de gran quebranto para sus numerosos devotos, que la han traído para implorar su amparo, obteniendo el consuelo que apetecían.
Fue la primera vez el 4 de junio de 1808, por orden del comandante general de la provincia don Agustín Chavarri, yendo por ella el rosario del Socorro, trayéndola con la ya citada imagen de San Fernando y en medio de un bullicio extraordinario, pues asistieron a la procesión, además de la mayor parte de los cordobeses, los muchos hombres que habían venido de los pueblos para disputar el paso a los franceses en el memorable puente de Alcolea. Entraron por la puerta de Plasencia, y después de hacer estación en San Lorenzo, Santa Marta, San Pablo y San Francisco siguieron hasta San Pedro, donde quedaron las imágenes depositadas, recibiendo continuo y fervoroso culto. Cuéntase que irritado el general francés por lo que ya saben nuestros lectores le ocurrió al entrar por la Puerta Nueva, y creyendo al dar vista a citada parroquia de San Pedro fuese una fortaleza, la mandó abrir a cañonazos, lo que no se efectuó por apagarse la mecha repetidas veces, hasta que sabido ser un templo dijo que parecía como que un genio protector había tomado a Córdoba bajo su amparo. Entonces revocó la orden dada de tocar a degüello y suspendió el saqueo que habían empezado sus tropas. Sin embargo se impusieron fuertes contribuciones al Cabildo eclesiástico, la grandeza y a cuantos tenían alguna cosa, ordenando a la vez que el día 12, domingo de la Santísima Trinidad, quedasen abiertos los templos al culto, y que el 16, día del Santísimo Corpus Christi, se efectuase la procesión con toda solemnidad, a que asistió el general con las fuerzas de su mando. Pero concluida esta festividad, evacuaron precipitadamente la población, dirigiéndose hacia Jaén, sin esperar a algunas partidas que habían salido a los pueblos y que a su regreso fueron presas por los paisanos, particularmente por los piconeros y leñadores.
En los días sucesivos hasta el 16 de octubre siguiente, en que fueron llevadas a su iglesia ambas imágenes, hubo multitud de fiestas y octavarios, siendo el último en el convento de Santa Marta, a petición de su comunidad.
La segunda vez que la Virgen de Linares ha venido a la ciudad fue el día 1 de octubre de 1865, con motivo de la invasión del cólera. La hermandad concibió este pensamiento, pidió licencias para realizarlo y, acompañada de la de Belén y Pastores, fue por ella, entrando cerca de oraciones por la puerta de Plasencia, donde era esperada por el Ayuntamiento y otras corporaciones, entre ellas una comisión de socios del Círculo de la Amistad, todos con cirios encendidos, formándose una procesión que condujo las imágenes de la Virgen y San Fernando a la iglesia de San Hipólito, donde las dejaron depositadas hasta el día 24 de diciembre en que las restituyeron a su santuario, en la misma forma que las trajeron.
La población de Alcolea
Nuestros lectores se trasladarán con nosotros al memorable puente de Alcolea, en cuyas inmediaciones hubo en tiempo de los árabes y mucho después una población a donde dicen que iban a casarse muchas damas cordobesas por no perder el derecho a los gananciales de que estaban privadas, según la tradición, por mandato de Isabel la Católica, de que ya nos hemos ocupado en el barrio de Santa Marina.
Sea o no cierta esta creencia, sí lo es que hubo allí población y que la actual iglesia, hoy reformada, fue su parroquia. Pero ha debido sufrir grandes transformaciones, porque su estructura ni es tan antigua ni conserva rastros de mayor importancia. En estos últimos años su capellán don Casto Berard le mudó el altar, poniéndole otro del suprimido convento de Santa Clara, con una imagen de la Concepción, dejando a un lado el cuadro antiguo de Nuestra Señora de los Ángeles que tampoco creemos sea la primitiva.
El puente de Alcolea
El puente de Alcolea fue construido en tiempo de los romanos, puesto que de él hacen mención muchos escritores antiguos. Está sobre el Guadalquivir y da paso a la carretera de Madrid a Cádiz, construida en el reinado de Carlos III con la idea de que aquélla tocase en Córdoba como una de las poblaciones más importantes que encontraba al paso. Es casi todo él de piedra negra sacada de la cantera-no muy lejos de aquel sitio- conocida por la de la Hortezuela. Consta de veinte arcos con fortísimo cuchilletes o entibos. En lo antiguo era más corto, y sea por los muchos siglos que contaba o por la mala calidad de la piedra empleada en su construcción primitiva, su estado era malísimo y hacía temer lo destruyeran las aguas en las grandes avenidas. Esto dio lugar a que la Ciudad de Córdoba pidiese su reedificación, a la que accedió el rey, encargando la formación del proyecto y presupuesto por real orden de 10 de marzo de 1784 a don Juan de Itúrbide, quien se valió del arquitecto don Bernardo Otero y Blanco, resultando valorada la obra en 1.454.000 reales, explicando la necesidad de hacer nuevos los arcos sexto, séptimo, octavo, noveno, décimo, onceno y decimoquinto, y la de reconstruir el primero, segundo, cuarto, quinto, duodécimo y decimotercero, además de ampliarlo hasta los veinte arcos que ya hemos dicho que tiene en la actualidad.
Aprobose el proyecto con la condición de ser abonado su importe por todos los pueblos existentes en una circunferencia de treinta leguas, a quienes interesaba para sus mutuas comunicaciones el paso por aquel sitio. En el expresado presupuesto entró también, aunque en cantidades separadas, las composiciones del puente de Córdoba y del llamado Viejo, o sea, el que hay sobre el río Guadajoz en la carretera de Sevilla.
Inauguráronse las obras del de Alcolea con gran solemnidad, poniéndose la primer piedra, sirviendo un palaustre de plata que hemos visto en poder de los herederos del señor Duroni, que también asistió como sobrestante a esta gran obra, en la que se tardaron cuatro años. El pavimento de este puente estaba adoquinado, pero con el continuo paso de carruajes se hicieron tantos baches que en 1860 resolvieron quitarlo y arrecifarlo, con lo que padecía menos la obra y era más cómodo el movimiento de aquéllos. A su mediación tiene una especie de obelisco con una lápida en que se marca el tiempo de estas importantes obras.
La batalla de 1808 contra los franceses
En el presente siglo han tenido lugar en este sitio dos hechos de armas de grandísima importancia en la historia de este desgraciado país.
Cuantas personas existen medianamente instruidas han leído con avidez la historia de la guerra de la Independencia, en que la gran mayoría de los españoles se levantaron como un solo hombre contra el ambicioso Napoleón I, que pretendió sentar a su hermano José Bonaparte en el trono de una nación tan amante de su dignidad y de su honra.
El 2 de mayo de 1808 la sangre española regó las calles de la coronada villa; un puñado de valientes, héroes todos, prefirieron morir con gloria a sufrir la opresión de los invasores. Poco más de un mes de aquella catástrofe, que aún orgullosos conmemoramos, los franceses decidieron ocupar también la Andalucía, y al mando del general Dupont habían de llegar a Córdoba, confiados en que, como hasta entonces, nadie había de oponerse a su paso. Los cordobeses concibieron hacerles resistencia, y llamando a sus compatriotas de los pueblos, juntáronse unos 50.000 hombres, sin armas a propósito y sin instrucción alguna en el arte de la guerra.
Puesto al frente de aquel desordenado ejército el comandante general de esta provincia don Pedro Agustín Chavarri, y poniendo por intercesoras a la Virgen de Linares -que ya hemos dicho trajeron a la parroquia de San Pedro- y a la de la Fuensanta, a la que el entusiasmo y la devoción popular puso la banda de generala, se aprestaron a la defensa de esta ciudad, situándose en el puente de Alcolea, sin más fuerza disciplinada que una escasa compañía y una batería mal provista de municiones, que llegó de Sevilla en la tarde del 6 de junio.
Al amanecer del 7 ya estaba situada ésta donde está la casa de la hacienda de Pendolillas, propia del señor marqués de Benamejí, algunos certeros tiradores frente a los vados y los pocos soldados de infantería con todos los paisanos en el puente, si bien puede asegurarse que la mayoría de éstos sólo servía para hacer bulto, pues en su mayor parte sólo tenían para la defensa malas escopetas y multitud de picas, con lo que, aunque superiores en número a los franceses, mal podían hacer resistencia a éstos, que eran unos 15.000 bien armados y experimentados en cien combates. Sin embargo la lucha se sostuvo tres horas, durante las cuales los tiradores les hicieron bastantes bajas y la artillería barrió las primeras fuerzas que intentaron pasar el puente, pero la falta de municiones adelantaron el éxito de la acción, y la caballería enemiga se echó sobre aquel improvisado ejército, que salió a ladesbandada, llevando el pánico no sólo a esta ciudad sino también a otros pueblos, a donde llegaron en su precipitada huida.
Dueño Dupont del puente empezó el avance de sus tropas hacia Córdoba, con grandes precauciones, temeroso de más resistencia, hasta dar frente a la Puerta Nueva, que permanecía cerrada. Sin abandonar aquel punto destacó tropas por la ronda, y algunas que llegaron al santuario de la Fuensanta fueron las que, como en su lugar dijimos, arrojaron esta venerada imagen desde el camarín a la iglesia. Las otras fueron hostilizadas desde los terrados del convento de los Padres de Gracia y otros puntos, sin conseguirse con esto más que aumentar el deseo de avasallar a los cordobeses.
La Puerta Nueva fue abierta a cañonazos después de arrojar algunas bombas sobre la población, sufriendo más que todos el barrio de la Magdalena, si bien llegaron dos o tres de aquéllas a la calle de la Candelaria y otros puntos. De las balas arrojadas en dicho día hemos podido recoger dos, de las que una hemos regalado al Museo Provincial , como recuerdo de tan memorable hecho de armas.
Aún se conservan en la Puerta Nueva, hoy de Alfonso XII, los agujeros hechos por las balas. En este sitio contamos lo ocurrido en la casa que hace esquina a la calle del Pozo, que excusamos repetir. El general Dupont hizo tocar a degüello y permitió a los soldados el saqueo de la población, órdenes que se retiraron gracias al marqués de la Puebla, alférez mayor de la ciudad, que cerca de San Pedro se presentó a Dupont declarando que Córdoba se daba por rendida y que le suplicaba se apiadase de sus desconsolados habitantes.
La segunda batalla de Alcolea
El segundo y último suceso que tanto nombre ha dado al puente de Alcolea tuvo lugar en la tarde del 28 de septiembre de 1868 entre las tropas mandadas por el duque de la Torre, acompañado de los generales Caballero de Rodas, Izquierdo y Rey, y las que trajo a sus órdenes el marqués de Novaliches, quedando vencedoras las primeras.
Muy conocido y reciente es este hecho de armas, sobre el que ha escrito un extenso volumen nuestro paisano el escritor don Francisco de Leiva con objeto de darlo a la prensa. También pueden verse los periódicos de aquellos días, en que se publicaron todos los pormenores de la acción.
Antes de llegar a la iglesia, a los lados del camino, se ven unos montones de menudas piedras sueltas, que están indicando los lugares en que se inhumaron los cadáveres de los infelices soldados que allí murieron en la tarde del 28 de septiembre de 1868, y que debieran sacarse y traerlos al cementerio de San Rafael, como se hizo con los jefes y oficiales que tuvieron igual desgraciada suerte.
Cerca de este sitio existe una casa palacio que perteneció al infante don Francisco de Paula, hermano de Fernando VII, y unas dehesas donde se criaban los hermosos caballos que muchos años ocuparon el edificio que aún llamamos de las Caballerizas Reales y hoy ocupa el depósito de potros para el Ejército.
También encontramos hacia la mediación del camino un cerrete aislado, conocido por el Montón de la Tierra, del que se han ocupado varios escritores, considerándolo algunos como un cementerio fenicio.
Tradición eremética de la Sierra
Vamos a dirigir nuestro paseo al sitio más notable que hay en el término de Córdoba, al par que el más frecuentado por cuantos forasteros nos visitan; éste es el Desierto de Nuestra Señora de Belén, conocido vulgarmente por las Ermitas, albergue de una comunidad sujeta al obispo y presidida por uno de sus individuos, que serán unos trece o catorce ermitaños, hombres que, huyendo del bullicio del mundo, se acogen a aquella soledad, donde dedican su vida a la oración, observando reglas muy severas y propias de aquel instituto.
Desde los primeros tiempos del cristianismo, según autorizados escritores, hubo en la Sierra de Córdoba ermitaños o anacoretas dedicados a la vida contemplativa. El doctor don Bartolomé Sánchez de Feria, en su obra Yermo de Córdoba, impresa en esta ciudad en 1782, nos da curiosísimas noticias de aquellos virtuosos hombres desde sus principios hasta la época en que él escribía, ocupando un volumen que pueden examinar nuestros lectores, ya que nosotros no podemos detenernos tanto como es nuestro deseo, por impedirlo la índole de nuestros paseos.
Los primeros ermitaños carecían de jefe, no formaban comunidad y ni aun apenas se comunicaban los unos con los otros; cada cual se albergaba en la cueva o pequeña casa que había labrado, y éstas estaban diseminadas desde la Arrizafa a la Albaida, y aún en algunos sitios más lejanos, donde suelen encontrarse vestigios de construcciones o la tradición ha conservado los nombres, como sucede en Rivera la Alta, que tiene un sitio aún nominado el Eremitorio.
Según los datos recogidos por autores más autorizados que nosotros, podemos remontar la existencia de los ermitaños al siglo IV, en que vivió el gran obispo cordobés Osio, que observó la vida solitaria y cenobítica, y por consiguiente a él se debió la fundación de los monasterios que de tiempo de los romanos registra nuestra historia. También es de suponer que durante la dominación de los godos y de los árabes existieran solitarios o ermitaños en la sierra, y entre ellos San Atanasio, San Teodomiro, San Rogelio, San Pedro, San Amador, San Pablo, San Isidoro, San Elias, San Argimiro y San Rodrigo, todos mártires de Córdoba y a quienes reza su iglesia.
Fray Vasco y otros ermitaños notables
Aun cuando después de la conquista no hay noticias de la existencia de estos ermitaños hasta el siglo XIV en que el hermano Vasco -del que volveremos a hablar- fundó el monasterio de San Jerónimo de Valparaíso, claro es que debieron existir algunos, puesto que ya era más segura y tranquila la permanencia en aquellas soledades. Entonces sí parece segura la venida de algunos solitarios italianos, a donde antes fuera aquel venerable, si bien era portugués, según nuestros apuntes.
Desde este tiempo es creencia de que la mayor parte de los ermitaños concurrían a presenciar el culto que se daba en la nueva iglesia, abandonando la de la Albaida, donde sus dueños les habían labrado una especie de coro o tribuna en que estuvieron, puesto que, como antes decíamos, carecían de un templo para todos ellos, toda vez que entre sí apenas tenían punto de contacto ni formaban comunidad, como actualmente.
Sin embargo, Feria asegura que fray Vasco, cuando vino de Italia, encontró otros ermitaños, entre ellos uno llamado Rodrigo, a quien apellidaban el Lógico, por haber sido preceptor de uno de los príncipes de los diferentes estados en que aún estaba dividida España. Los desengaños lo trajeron a este lugar, donde en 1445 murió contando más de un siglo de edad, lleno de virtudes y mereciendo la honra de ser sepultado con su amigo fray Vasco, a quien tanto ayudó para la fábrica del monasterio, si bien no lo acompañó, permaneciendo hasta la muerte en su humildísima choza.
Su sepultura fue en la primitiva iglesia. Pero al edificar la nueva trasladaron los restos de ambos, juntos con los de otro ermitaño notable llamado Martín Gómez, a la capilla de la Anunciación, donde yacen olvidados. Este último era cordobés y casado sin hijos, y queriendo ambos cónyuges dedicarse a la penitencia resolvieron irse el marido a la Albaida y ella al beaterio que después se convirtió en convento de Santa Inés, en cuyos puntos pasaron el resto de sus días.
Tócanos hacer mención, aunque ligeramente, porque volveremos a hablar de él, de Fernando de Rueda, que, siendo ermitaño, fundó el convento de San Francisco, conocido vulgarmente de la Arrizafa.
Al visitar el santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta dijimos que en el siglo XV un ermitaño de la Albaida tuvo la revelación de la existencia de aquella imagen en el lugar donde fue hallada. También perteneció a estos anacoretas el venerable padre Mateo de la Fuente, después fundador del célebre monasterio del Tardón, de la orden de San Basilio.
Martín de Cristo, ejemplo de solitarios
Don Juan de Undiano, natural de Navarra, vino en peregrinación a este desierto, donde permaneció dos años y medio, volviendo a su patria, donde murió, ordenado de presbítero, en una ermita de Nuestra Señora de Aztategui, dejando escrito un libro titulado: La vida del ejemplo de solitarios, el ermitaño Martín de Cristo, impresa en 1620 y reimpresa en Pamplona en 1673. Allí, al par que cuenta su vida en este desierto, nos da muchas noticias de ermitaños anteriores y, sobre todo, muchos detalles del hermano Martín, de quien hace grandísimos elogios.
Dice que era cordobés y que, lanzado a los catorce años de la casa paterna por no querer dedicarse a oficio, estuvo en varios sitios de campo, y por último se retiró al desierto de la Albaida, donde adquirió gran fama de santidad, siendo muchas las personas que iban a demandarle sus consejos. Hace un retrato de su persona, y pondera tanto su amor al silencio, que viniendo el gran cardenal de España con Felipe II mostró deseos de conocerlo, pasando a visitarlo, sin conseguir que satisfaciese a las infinitas preguntas que le dirigió, hasta que para hacerle hablar le dijo que por qué se le permitía comulgar tan a menudo, a lo que respondió: "Señor, esa pregunta no hacédmela a mí, sino al que me ha dado permiso para ello".
Otros varios ermitaños lo tomaron por su director o maestro, y entre ellos el hermano Gregorio López, que después pasó a México, donde estableció un desierto parecido al de nuestra sierra, y donde murió con gran fama de santo. Martín era muy aficionado al lenguaje antiguo, que hablaba con perfección y, sin duda, a la poesía, puesto que al morir en 23 de diciembre de 1577 se le encontraron entre otros versos los siguientes: "El mundo es un puente de viento; / quien vive pase con tiento. / Si vas, monge, á la ciudad / do hay estruendo de batalla, / y en todo tiempo, y lugar / si quieres aprovechar, / usa el corazon guardar, / baja los ojos, y calla. / Y si continuas en esto, / será tu bien tan jocundo / y tan quieto de recelo, / que serás sábio en el cielo / por ser loco en este mundo".
En el mismo siglo XVI hallamos memorias del padre León, italiano, hombre de gran ciencia y virtud; Juan Enrique, que había sido tratante en ganados; otro llamado Luis, cuyo apellido y circunstancias se ignoran, y por último, Luis de Venegas, hijo natural del señor de la Albaida, primero casado y después sacerdote, retirándose a una ermita que sus parientes le labraron cerca de la hacienda de aquel nombre.
En aquella época, aunque los ermitaños guardaban entre sí unas mismas reglas por ellos convenidas, y en virtud de éstas concurrían a unos mismos cultos en las iglesias de la Albaida, San Jerónimo o la Arrizafa, ni tenían una aprobación superior ni habían prestado sumisión al obispo de Córdoba, de quien parecía natural dependiesen. Lo único que algunos habían hecho era impetrar el permiso de la Ciudad para hacer su ermita o choza en aquellos sitios considerados realengos; tal pidió, entre otros, el ermitaño Gaspar en 18 de mayo de 1582, cediéndola en 1587 al padre Diego Gómez. Otro permiso hay en 1588 a favor del hermano Damián.
Sumisión de los ermitaños al obispo
Por este tiempo, en 1583, era obispo de Córdoba don Antonio de Pazos, quien, deseando que todas las personas dedicadas a la oración fuesen protegidas al par que vigiladas en el cumplimiento de sus deberes, intentó que los ermitaños de la Albaida se sometieran a su autoridad, y al efecto los reunió en el convento de la Arrizafa el domingo 20 de octubre de dicho año, a donde concurrieron en número de trece, haciéndoles saber su paternal deseo, que ellos acogieron agradecidos, y prestaron la sumisión en presencia del provisor don Miguel González de Prida y ante el notario Andrés de Cerio. Los ermitaños que prestaron la sumisión, primer paso para considerarlos formando comunidad, fueron los siguientes:
El hermano Francisco, cuyo apellido se ignora. Era de Bujalance. Fue pastor y se retiró al desierto a los treinta años de edad. En el de 1594 había ya muerto con gran fama de santidad.
Sebastián, vizcaíno, guardó gran secreto sobre su origen, y sólo se supo haber sido familiar del duque del Infantado, teniendo grandes rentas que renunció por venirse al desierto. Era muy amable en su trato, demostrando mucha cordura y talento. Durante año y medio vivió en una cueva en que no cabía de pie ni apenas tenderse; después se pasó a una ermita que le labró un compañero, donde estuvo hasta el fin de su vida, dando siempre muestras de una gran melancolía. Murió hacia 1594 y fue sepultado en la parroquia del Salvador, en un hueco tapado por una losa en que se leía: Sepultura de Francisco Diaz de Córdoba y de los ermitaños de la Albaida, donde está el P. Vizcaíno.
El hermano Juan de los Santos, natural de Alconchel, en el obispado de Badajoz. Fue donado en algunos conventos, y por último se retiró a la Albaida, donde murió.
El padre Diego Gómez, de quien ya hemos hablado. Era sacerdote y asistía a la iglesia de la Albaida, donde decía misa y daba la comunión a sus compañeros los ermitaños. Murió hacia 1593 en gran opinión de santo, habiendo habitado muchos años en una ermita cerca del Rodadero de los Lobos.
El hermano Francisco Giménez, natural de Hornachuelos. Moraba cerca del convento de San Francisco del Monte, a cuya iglesia asistía.
El hermano Antonio González. Vivió muchos años cerca de la Albaida, pero viendo casi abandonada la ermita de Linares se marchó a ella, logrando avivar la devoción de los cordobeses hacia aquella venerada imagen.
El hermano Bernardo Parra. Sólo se sabe que era de Écija y que, retirado a la Albaida muy joven, cambiaba todos los días el traje de ermitaño por el de seglar y concurría a las cátedras del colegio de los Jesuitas, yéndose en cuanto salía a su retiro.
El hermano Miguel, que después de prestar la obediencia se retiró a la ermita de Nuestra Señora de Villazo, cerca de Posadas.
Los hermanos Juan y otro cuyo nombre se ignora, que moraban cerca de San Francisco del Monte.
Además de los dichos prestaron también su obediencia Gaspar de los Reyes, Damián de Lara, Juan Pérez de los Santos y otro llamado Alonso.
Reglas episcopales para ermitaños
Muerto el obispo Pazos en 28 de junio de 1586, y sucediéndole en pocos años don Francisco Pacheco de Córdoba, don Francisco de la Vega y don Jerónimo Manrique de Aguayo, vino en 1594 don Pedro Portocarrero e hizo que su visitador general Luis de Cuéllar, del hábito de Santiago, convocase a los ermitaños a la iglesia de la Arrizafa en 16 de noviembre de dicho año, a hacerles las preguntas que creyese oportunas para informar al obispo. A este acto concurrieron nueve, y después vinieron a la capilla de palacio, y en ella prestaron nueva sumisión y aceptaron unas sencillas reglas compuestas de cinco artículos, que ofrecieron guardar con el mayor respeto.
Las vidas de estos hermanos, en que hay algunos de los anteriormente citados, varían poco de los que llevamos dicho. Entre ellos se encuentran Damián de Lara y Juan Pérez de San Pablo, de quienes hablamos en el barrio de la Magdalena al consignar las epidemias sufridas en Córdoba.
También es digno de mención el hermano Alonso, natural de Ocaña, y uno de los valientes soldados que con los Reyes Católicos asistieron a la memorable conquista de Granada. Terminada ésta se vino a Córdoba, donde tuvo una cuestión con un esclavo, a quien dio muerte, por lo que fue preso y sentenciado a igual pena, no habiéndola sufrido a causa de haber llegado un indulto general con motivo del nacimiento del príncipe don Fernando, hermano de Carlos I de España y V de Alemania. Agradecido a la Divina Providencia por aquel beneficio se dedicó a cuidar los enfermos en el hospital de San Sebastián, y por último se retiró con los ermitaños de la Albaida, donde, muy anciano, existía cuando se prestó la sumisión a los obispos citados. Por consiguiente contó de edad más de un siglo.
Desde entonces acá otros señores obispos han reformado las reglas de los ermitaños. Entre aquéllos debemos citar al bondadoso don Marcelino Siuri, que en 1720 les dio unas, divididas en trece capítulos, y don Baltasar de Yusta Navarro que, después de nombrar visitador del desierto al escritor y prebendado de la Santa Iglesia don José López de Baena, autor de varias obras, añadió once capítulos a los antes expresados. Posteriormente se han hecho algunas reformas, hasta llegar al estado en que dicha congregación se encuentra.
Francisco de Santa Ana, primer hermano mayor
El primer hermano mayor o presidente de esta congregación fue Francisco de Santa Ana. Este venerable nació en 1572 en Meco, provincia de Toledo, y después de haber gestionado sin fruto ser fraile en algún convento de San Francisco se vino al desierto de la Albaida, donde adquirió tal fama de virtud que mereció el ya citado puesto.
Cuando apenas contaba 48 años de edad le acometió una enfermedad que le ocasionó la muerte en 19 de agosto de 1620, en la casa número 5 Calle del Arco Real, donde vivía un sacerdote amigo suyo. Tanto lo sintieron los cordobeses que invadieron la calle, ansiosos de verlo y alcanzar algún recuerdo de aquel ermitaño, tenido generalmente por santo.
En seguida se provocó un conflicto sobre la inhumación del cadáver, por disputarse este honor la parroquia de Santo Domingo de Silos, los frailes de la Arrizafa, el señor de la Albaida, otros muchos nobles para sus enterramientos particulares y el padre Cosme Muñoz, quien al fin lo llevó a la iglesia de la Piedad, como en aquel lugar dijimos. Mas como antes de esta decisión se necesitaran muchos días, llevaron el cadáver a la capilla del Palacio Episcopal y, haciéndole un entierro igual al de los obispos, le dieron sepultura interina en la capilla de la Cena, antiguo sagrario de la Catedral, permaneciendo en este lugar hasta terminado el litigio, que lo trasladaron al sepulcro en que yacen sus cenizas.
Otros hermanos mayores
No son menos dignos de recordarse los venerables hermanos Juan de Jesús; Juan de San Pablo, diferente de otro ya mencionado; Juan de la Piedad Piédrola, de quien hablan varios autores; Francisco de San José; Blas de San Juan Bautista, hombre tan querido y apreciado como santo que se le dio sepultura delante de la verja del Sagrario nuevo de la Catedral, al lado del sabio magistral don Bernardo José de Alderete; su vida fue escrita por Pedro González Recio: el hermano |Pedro de San Francisco, conocido por "el Raposo", que a su muerte sepultaron en la iglesia de San Roque, de quien dicen algunos escritores que jamás se impacientó, citando como muestra de ello que al llegar un día a su ermita vio salir dos hombres huyendo, cargados con la poca ropa y otras cosas que tenía, y en vez de decirles algo se entró tan tranquilo, asomándose a seguida con unos trapos en la mano y gritándoles a los ladrones: "¡Eh, buena gente, mirad que se han dejado estos remiendos que todavía pueden servir!"
Más ermitaños dignos de recuerdo
Todos los nombrados fueron hermanos mayores, y además otros que consignaremos aunque muy a la ligera, si bien no todos desempeñaron aquel cargo.
Miguel de Jesús, de apellido Morales, natural de Valverde; murió en 1627 y lo sepultaron en la iglesia de San Juan de Dios. José de la Madre de Dios, natural de Antequera; murió en el hospital de la Caridad y lo enterraron en su iglesia. Juan de Santa María, de Alcobendas; murió en 1634 en el hospital de San Sebastián, hoy Casa de Expósitos, en cuya iglesia lo enterraron. José de la Cruz, de Antequera; murió en Motril, en 1628. Alonso de Jesús, extremeño; murió en 1637 y yace en San Juan de Dios. Lucas de San Pablo, portugués, y Pedro de San Antonio, natural de Viana, obispado de Calahorra; no sabemos cuándo fallecieron. Juan de San Buenaventura, de Bujalance; está enterrado en San Andrés. Antonio de San José, también de Bujalance; fue sepultado en el hospital de San Sebastián, 1680.
José de Jesús María, portugués; sepultado en la ermita de Nuestra Señora de las Montañas. Alonso de la Cruz, cordobés; fue sepultado, 1704, en la capilla de Santa Inés de la Catedral. Alonso de Jesús; murió en 1637, y yace en Santa Isabel de los Ángeles. Sebastián de la O; lo sepultaron en San Sebastián, 1640. Juan de la Madre de Dios; sepultado en la Caridad en 1641. Pablo de Santo Domingo; murió en el hospital de San Sebastián, 1648, y por sus muchas virtudes lo sepultaron en la Catedral. Martín de Cristo; murió en 1659, en dicho hospital, donde lo enterraron. Domingo de San Pablo; lo sepultaron en el hospital de San Jacinto, 1660.
Gonzalo de San Hilarión; sepultado en dicho hospital, 1664. Juan Serrano yace en San Juan de Dios, 1666. Diego de Jesús; murió en 1676 y lo enterraron en la Magdalena. Pedro de San Francisco; murió en 1679, en el hospital de San Sebastián, y por sus virtudes lo enterraron en el hueco destinado a los sacerdotes. Diego de San Felipe; murió en 1679 y yace en San Andrés. Antonio de San José murió en el hospital de San Sebastián en 1680. Domingo de San Ignacio; está sepultado en la nave del Sagrario de la Catedral, 1692. Cristóbal de Santa Catalina; abandonó el desierto para venir a fundar el hospital de Jesús Nazareno, cuya historia conocen nuestros lectores.
Francisco de Jesús, fundador del Desierto de Nuestra Señora de Belén
Sobre todos los ermitaños citados y los demás que han llegado hasta nuestros tiempos descuella el hermano Francisco de Jesús, a quien podemos dar el título de fundador del Desierto de Belén, puesto que a él principalmente se debe cuanto existe en aquel ameno y religioso lugar.
Nació este venerable en Córdoba, hijo de Juan Rodríguez de Murga y María de Torres, vecinos del barrio de San Lorenzo, en cuya parroquia lo bautizaron en 7 de junio de 1673. Muy joven aún sentó plaza de soldado de marina, en la que sirvió con lealtad a Carlos II todo el tiempo de su empeño. Cuentan sus historiadores que estando en un combate al lado de un compañero a quien quería mucho, lo vio ser víctima de una bala de cañón, que, dividiéndolo en dos partes, arrojó una de ellas al agua, inspirando este suceso tal horror a Francisco que en aquel momento ofreció, si salvaba la vida, dedicarla por entero al silicio y la penitencia.
En vista de su honradez y buen comportamiento en el servicio quisieron sus jefes que continuase en él. Mas nada bastó a convencerlo y, tomada su licencia, regresó a su patria, donde trató de llevar a cabo su voto, empezando por ponerse bajo la dirección de su santo paisano el beato Francisco de Posadas, quien lo mandó a ver al hermano Cristóbal de Santa Catalina, permaneciendo con éste hasta que la muerte le privó de tan ejemplar maestro. Entonces es cuando Francisco se retiró al desierto de la Albaida, que tanto le debe.
Creemos ocioso y aún innecesario seguir paso a paso la vida de este venerable hasta que la fama de su santidad lo elevó a la presidencia de sus compañeros.
A fines del siglo XVII se aumentaban los desmontes en la parte de la sierra que mira a Córdoba. Sus propietarios empezaron a formar las preciosas posesiones que tanto la embellecen en nuestros tiempos, y los ermitaños deseaban huir del trato de las gentes que iban frecuentemente a aquellos parajes. Retiráronse en dirección al cerro llamado de la Cárcel, hacia el Rodadero de los Lobos y demás alrededores, y ya el hermano Francisco de Jesús concibió el pensamiento de reunirlos a todos en un tramo discrecional, con iglesia propia, en que concurriesen a los ejercicios que debieran hacer en comunidad.
No tardó aquel venerable en exponer su idea y pedir licencia para realizarla al cardenal, obispo de Córdoba, don fray Pedro de Salazar, quien no sólo le prestó su aprobación sino su ayuda en cuanto le fue posible. Con tan poderoso auxilio, y sabiendo que la cumbre del expresado cerro de la Cárcel pertenecía a la Ciudad, o sea, a sus propios o realengos, pidiole el terreno necesario para las trece Ermitas que habían de edificarse, con la conveniente distancia entre ellas, y concedido en 28 de abril de 1703, empezaron a construir la primera, continuando las obras conforme reunían fondos, hasta 1709, en que concluyeron las trece casitas aún existentes en aquel monte. Y aquí debemos hacer constar que el hermano Francisco, que no siempre era el mayor, alternó y fue admirablemente secundado por los ermitaños Juan Agustín de la Santísima Trinidad, Antonio de la Concepción Carrasco, Manuel de San Juan Bautista y Manuel de San José, que se distinguieron en el siglo XVIII.
En este interregno murió el cardenal, y el obispo don Juan Bonilla, que siguió protegiendo a la congregación, dio permiso para labrar una pequeña capilla que, terminada, se dedicó al culto, diciéndose la primera misa en 11 de julio de 1709.
Los autores de quienes tomamos estas noticias dicen que parecía providencial que en unos años tan calamitosos como aquéllos se reuniesen fondos para estas obras, compra de efectos para la nueva iglesia y manutención de los ermitaños, y aun para seguir un pleito que una señora les puso sobre propiedad de parte del terreno ocupado, principiando el litigio en 11 de julio de 1708 y concluyendo a favor de la congregación en 13 de diciembre de 1714, distinguiéndose mucho en este asunto el hermano Manuel de San José, antes anotado.
Entre las limosnas figuró una de doscientos pesos entregados por un caballero de Sevilla, de donde trajeron también el cristal que cubre el lienzo de Nuestra Señora, titular de aquella iglesia, que colocó en ella el hermano Francisco de Jesús, dándola el nombre de Belén, que lleva desde entonces el desierto, bajo el patronato de San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño.
Los hermanos citados, que tanto ayudaron a nuestro nuevo fundador, murieron, y en 1718 se consideraba como solo para seguir su pensamiento; mas, lejos de desmayar en él, redobló sus esfuerzos, empezando por reformar las reglas, haciéndolas aún mas rigorosas, prohibiendo la entrada de mujeres en el radio del desierto bajo pena de excomunión que les impuso el obispo.
En 1722 logró que el arcediano de Castro, doctor don Juan Antonio del Rosal, le donase unas reliquias de San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño, que colocó en la capilla en 23 de julio de 1723.
Al hablar de la ermita de Nuestra Señora de las Montañas, calle de Montero, dijimos que en aquel antes hospital tuvieron sus hospederías los ermitaños; pero como tenían necesidad de estar mezclados con otros enfermos y cercanos a las mujeres, el hermano Francisco concibió la idea de mudarlos de lugar. En 1716 logró llevarse el archivo al desierto, y por último consiguió que la Ciudad le concediese en 18 de octubre de 1731 dos torres que había a los lados de la puerta del Osario, uniolas con un arco e hízoles perder la buena vista que presentaban. Entonces mudó allí la hospedería, agregole un corral que alquiló al marqués de Villaseca y después la amplió con terreno, también concedido por la Ciudad en 1744 y 1745. En nuestros días la han mejorado notablemente, construyendo la modesta fachada que tiene al interior y que se ve a la entrada de la calle del Caño.
No satisfecho el genio emprendedor de aquel ermitaño, y ocurriendo la muerte de uno de sus compañeros sin poderle administrar los últimos sacramentos, acudió al señor don Pedro Salazar y Góngora, sede vacante, y éste le concedió lo que deseaba, colocando la Majestad en el nuevo sagrario el prebendado don Manuel de Baena, en 26 de febrero de 1731. Pero desde aquel momento concibió el proyecto de hacer nueva iglesia, por considerar aquélla poco digna para tan estimable depósito. En seguida empezó sus gestiones, y bien pronto logró que una señora de Montalbán, llamada doña María Villalba, costease el nuevo templo. El dicho señor Salazar dio su licencia en 1732; en el 33 trasladose el Sacramento a otro lugar preparado al efecto y empezó la obra de la actual iglesia, para la que colocó la primera piedra el ya expresado don Manuel Baena, por comisión del obispo don Tomás Rato, poniéndose en el cimiento un pergamino que diese cuenta del suceso y varias monedas de aquel año. El mismo señor delegado, terminada la obra, la bendijo en 21 de diciembre de 1734, celebrándose una gran fiesta y la traslación del Santísimo con mucha solemnidad. El 6 de enero se aplica la misa por el eterno descanso de la señora que costeó aquel edificio.
Todavía ansiaba el hermano Francisco hacer más obras en el desierto, y éstas eran de mucha importancia y costo. Aquel recinto, cuya linde mide casi media legua, estaba abierto por todas partes y era imposible evitar el que la gente se entrara, distrayendo en sus ocupaciones a los ermitaños. Consultó este mal con el obispo don Marcelino Siuri, de quien tantas veces nos hemos ocupado, el cual le ofreció costear la obra en cuanto terminase las que tenía pendientes en varias iglesias de esta ciudad. Mas la muerte de tan bondadoso prelado lo privó de aquella esperanza, haciéndole buscar nuevo rumbo a sus deseos. El día de San Antonio Abad, 17 de enero de 1732, celebrose la procesión acostumbrada con asistencia de muchas personas piadosas, y el sacerdote don [Jacinto Cuadrado de Llanes bendijo y colocó la primera piedra, excitando a todos los presentes a contribuir a la construcción de la cerca, con lo que se empezó a realizarla. Entre estas limosnas figuraron 200 pesos dados por don José Siuri, canónigo y sobrino del obispo, y por último, se concluyó con 28.000 reales que para ella dejó en su testamento don Juan Sánchez. Esta cerca mide tres varas de alto por 2.700 de largo.
Después se construyeron las dos tapias que forman el callejón existente entre la portería y la iglesia, para evitar que los fieles que iban a misa anduviesen por lo demás del desierto.
Además de lo mucho anotado se debió también a este ermitaño el desmonte de todo aquel terreno y la plantación de los olivos y viñas, que en algo ayuda a la manutención de aquellos individuos, y por último, con 33.000 reales que les dejó, en 1738, don Francisco González de Lebrija, se dotó la plaza de capellán y compró la hacienda de Pedrique, término de Obejo, con cuyo producto casi bastaba para sostenerse los ermitaños.
Cargado de años y con los achaques consiguientes a ellos, fue acometido el hermano Francisco de Jesús de una grave enfermedad que pasó en el hospital del Cardenal, hoy Provincial de Agudos, donde murió en 18 de noviembrede 1749, siendo enterrado con gran solemnidad en la antigua iglesia de San Bartolomé, en la que permaneció hasta el 22 de abril de 1776, en que, con otro ermitaño de gran santidad, fueron trasladados al Desierto de Belén, en cuya iglesia yacen a los lados del altar mayor.
Ermitaños con fama de identidad
Contemporáneos del hermano Francisco y después, ha tenido el desierto otros individuos que han logrado fama de santidad, de los que mencionaremos los siguientes:
Alonso de Santa María, sevillano; murió en 26 de febrero de 1727 y lo enterraron en San Jacinto. Bernardo de San José, natural de Penonta, cerca de Astorga; falleció en 28 de marzo de 1730.
El padre Juan de San Francisco nació en Capilla, arzobispado de Toledo; entró de hermano en el hospital de Jesús Nazareno de esta ciudad, donde se dedicó al estudio hasta llegar a sacerdote y después director de aquel establecimiento, mas de resultas de un grave disgusto se retiró a las Ermitas, donde observó una vida ejemplarísima hasta su muerte, ocurrida en 26 de mayo de 1793, siendo enterrado junto al coro del convento de las Dueñas, donde ya dijimos se leía su epitafio.
Andrés de San Antonio Abad nació en Baltanás, cerca de Palencia. Sirvió doce años en la marina, de la que desertó, y anduvo errante hasta llegar a Córdoba, retirándose al desierto, donde observó una vida llena de virtuosos ejemplos dignos de imitar. Siendo hermano mayor construyó dos Ermitas más y ordenó mucho la congregación. Falleció en el hospital del Cardenal el día 10 de julio de 1763, y lo enterraron en la contigua iglesia de San Bartolomé.
Juan Agustín de la Santísima Trinidad, natural de Granada. Ayudó mucho al hermano Francisco en sus obras y reformas. Murió en el hospital de la Caridad en 1709.
Antonio de la Concepción Carrasco, cordobés. Fue hermano mayor y observó gran rigor, particularmente en que no entraran mujeres en el desierto. Murió en 1718 y lo sepultaron en la Catedral.
Manuel de San José, natural de Burgos. Compañero del hermano Francisco, a quien ayudó sobremanera en la mudanza y demás empresas que aquél emprendió. Murió en 1714.
Pedro de Jesús nació en Lora. Escribió las vidas de varios ermitaños. Murió en el hospital del Cardenal, en 14 de febrero de 1768.
Juan de San José, natural de Carrello y de padres desconocidos. Fue hermano mayor y consiguió que Benedicto XIV concediese varias indulgencias a la congregación, por su bula 8 de junio de 1753. Murió en el hospital del Cardenal, asistiéndolo el doctor don Bartolomé Sánchez de Feria, en 1774, y lo sepultaron en la iglesia de San Bartolomé.
Pedro de San Joaquín, gallego. Fue hermano mayor y logró para su iglesia algunas decentes donaciones. Murió en 26 de abril de 1758 en el hospital de la Misericordia, donde fue inhumado su cadáver.
José del Santísimo Sacramento, natural de Tiviano, provincia de Burgos. Llegó también a hermano mayor, pero dejó el desierto, entrando de capuchino, en cuyo convento murió.
José María de los Dolores nació en Villanueva de los Cameros. Instituyó los ejercicios a San José todos los días 19 y murió de repente en el de octubre de 1778. Lo enterraron delante de la iglesia, no haciéndolo en el interior por no poder abrir la sepultura, a causa de ser el suelo una peña muy dura.
Agustín del Espíritu Santo, genovés. Su apellido era Oreze, y de oficio ebanista, que ejerció en vanos puntos, fabricando en Marruecos una preciosa casa con todo su mobiliario, por orden del emperador. A los treinta años de su edad vino a Córdoba, donde decidió hacerse ermitaño. Tuvo el cargo de hermano mayor, y por último se retiró a otro lugar cerca del Tardón, donde acabó su vida.
Juan de Dios de San Antonino, ermitaño de noble de cuna
De todos los ermitaños del siglo XVIII es considerado como el más notable el hermano Juan de Dios de San Antonino, en el siglo don Juan de Dios Manrique y Aguayo, marqués de Santaella y señor de Villaverde, a cuyos títulos y caudales correspondientes renunció, por retirarse al Desierto de Belén, donde tan espontáneamente abrazó la vida de solitario, tomando al fin el hábito en 10 de mayo de 1780, a los 38 años de su edad. Aunque esta ilustre familia había permanecido en Córdoba desde la reconquista, el hermano Juan de Dios nació en Cabeza del Buey, en Extremadura, circunstancia que sin duda no recordaría su sobrino el señor marqués de Villaverde al regalar su retrato al Ayuntamiento para colocarlo entre los de varios cordobeses célebres, galería que inició y empezó a realizar el alcalde don Carlos Ramírez de Arellano, y que ningún otro ha continuado.
La vida austera y penitente, unido a lo mucho que hizo en bien del desierto, según la biografía que de él hemos visto en un grueso volumen en cuarto, le granjearon además del puesto de hermano mayor gran fama de santidad, que todo Córdoba proclamó, principalmente a su fallecimiento, ocurrido en 12 de febrero de 1788. Su cadáver fue sepultado con gran solemnidad en la capilla de su familia, en la Santa Iglesia, que es la de la Santísima Trinidad, donde se le puso y existe un honrosísimo epitafio que en su lugar leeremos.
Después de este venerable ermitaño, y caminando hasta nuestros días, han morado en este desierto otros hombres llenos de virtudes, distinguiéndose algunos, no por sobreponerse a sus compañeros en el cumplimiento de sus deberes y muestras de santidad, sino porque las posiciones ventajosas que ocupaban en sus casas y que dejaban contentos por aquella penosa vida, hacía llamar más la atención de sus contemporáneos.
Entre ellos debemos citar al hermano Antonio de Nuestra Señora de Consolación Rojas y Arrese, natural de Antequera e hijo de los marqueses de la Peña, comandante de Artillería, cuya honrosa carrera dejó para entrar en el desierto en 21 de junio de 1792. El hermano Mateo de la Pasión, hermano del barón de Llanes, y el cual en 1799 trajo de Madrid las esculturas de bronce que representan a Jesús en la cruz con la Virgen y San Juan a los pies, veneradas en una de las capillas cercanas al altar mayor. El hermano Antonio de San José Sa-Brendao y Freyre, de la Real Casa de Portugal y del hábito de la orden de Cristo. El hermano Cristóbal de Nuestra Señora de Consolación Saavedra y Giménez de Segura, de la casa de Utrera, y el hermano Remigio de la Purísima Concepción Argensonis y Luzuriaga, rico comerciante de México; éste llegó a hermano mayor y fue en extremo estimado de cuantas personas visitaban el desierto por su finísimo trato, amabilidad de carácter y verdaderas muestras de virtudes, sin afectaciones ni ese despego que en algunos otros se ha advertido.
El hermano Pedro de Cristo, restaurador del Desierto de Belén
Para terminar la serie de ermitaños que más se han distinguido citaremos al hermano Pedro de Cristo, a quien hemos conocido y tratado, considerándolo como el restaurador del Desierto de Nuestra Señora de Belén.
Nació este venerable en Posadas en el año de 1773, hijo de un escribano de la expresada villa, llamado don Juan de Almoguera y Urribarri, natural de Córdoba, y de doña Francisca González y Rodríguez, de aquella población. Muy joven aún quedó huérfano con otros hermanos, y recogidos por su madrina la señora doña María Valdivia y Corral los trajo a Córdoba, donde pensó que Pedro siguiese la carrera eclesiástica, que liberalmente se propuso costearle y que él, obediente, emprendió, dándole ocasión para empezar la amistad que durante su vida tuvo con el venerable sacerdote don Rafael de Soto, de quien hemos hablado en estos apuntes. Sin embargo, su inclinación era retirarse al Desierto de Belén, aumentándose su deseo con la muerte del hermano Juan de Dios de San Antonino Aguayo, tan sentida por los cordobeses.
Poco después se decidió a participar a su madrina el pensamiento que lo animaba, y ésta, lejos de tratar de disuadirlo, le dio su permiso, tomando al fin el hábito en 14 de enero de 1792, profesando en 24 de junio de 1793. Desde luego fue aumentando en sus ejercicios de virtud, hasta contraer una enfermedad que obligó al hermano mayor a destinarlo a la póstula en Córdoba y otros puntos, y por último, tuvo que irse a otros desiertos a ver si encontraba la salud, habiendo estado en los de Montesión en Cazorla, San Pablo de la Breña en Málaga, y por último en el de Nuestra Señora de la Luz en Murcia, donde le cogió la dominación francesa, y llegó a ser superior desde 1808 a 1811, haciendo muchas y útilísimas reformas.
Ansioso de respirar los puros aires de su país natal regresó al fin al Desierto de Belén, y alternando con otros en el espinoso cargo de hermano mayor. Hizo muchas e importantes mejoras, ampliando la casa principal y el noviciado, y dando siempre muestras de una capacidad y un buen deseo que admiraban.
Así llegó hasta el año 1832 en que, con licencia del obispo y conservando su número en las Ermitas, se hizo cargo del hospital de la Misericordia, que puso a gran altura, y en el que en 1834 estableció una sala para coléricos, asistiéndolos por sí mismo con el cariño que sólo inspira el verdadero amor hacia nuestros semejantes. Terminada esta caritativa misión, en 1835 se volvió a las Ermitas, donde, en unión de sus compañeros, tuvo el grandísimo dolor de ser expulsado en 13 de abril de 1836, a pesar de las reiteradas súplicas de la congregación, el Ayuntamiento, el obispo y muchos particulares que, ya tarde, consiguieron un decreto para su conservación.
Los ermitaños se fueron a distintos puntos, y el hermano Pedro se amparó en la hacienda conocida por Piquín, desde donde siguió gestionando a favor de la congregación, a la que, aun diseminada, socorría con los escasos recursos que podía reunir. Poco después la Hacienda arrendó aquel terreno, y aun cuando el colono era bastante despreocupado, le concedió al pobre ermitaño ocupar su antigua vivienda, a la que se trasladó con gran contento. Pasados algunos años fue por último vendido todo aquel terreno, y comprado por un personaje de esta capital afecto a aquellos solitarios, y esto redobló las esperanzas de volver a su antiguo objeto.
Esta venta quedó nula. La Hacienda la anunció de nuevo, y haciendo entonces un soberano esfuerzo, volvió a pedir la reinstalación del desierto, teniendo la suerte de que, buscando el antiguo expediente y oído el parecer del sabio obispo de Córdoba don Manuel Joaquín Tarancón y del Consejo de Estado, se concediese aquella gracia por real orden fecha 26 de septiembre de 1845, logrando el venerable Pedro de Cristo tomar posesión como hermano mayor en 3 de noviembre del mismo año.
Desde aquel día el hermano Pedro de Cristo, a pesar de tener 72 años de edad y muchos y habituales achaques, desplegó una prodigiosa actividad en la reedificación de la iglesia y Ermitas y en la reunión de sus antiguos compañeros y otros nuevos que acudieron a aquel solitario retiro, hasta que el día 22 de diciembre del mismo año se reconcilió la iglesia y cementerio, diciendo la primera misa el sobrino de tan notable hermano mayor don Rafael Díaz de Almoguera, persona en extremo ilustrada y que a su fallecimiento ha dejado algunos escritos muy apreciables, en casi su totalidad referentes a Córdoba.
Al día siguiente, o sea el 23, los ermitaños se presentaron al obispo señor Tarancón a darle las gracias por el interés que a su favor había demostrado, como a protestar de su obediencia, extendiendo en 8 de enero de 1846 dichas gracias a la reina y pidiendo al Ayuntamiento la licencia para usar de su cementerio, y a la junta de Beneficencia el permiso para acogerse al hospital del Cardenal cuando estuviesen enfermos.
Casi imposible es narrar cuanto el hermano Pedro de Cristo hizo para volver en el desierto las cosas al estado en que antes estuvieron. Todo lo consiguió, y por último, cargado de años, achaques y merecimientos, falleció el día 3 de enero de 1854, a los 81 años, 4 meses y 11 días de edad. Hízosele un solemnísimo funeral e inhumose su cadáver en el cementerio que tienen los ermitaños, desde el que después lo trasladaron a la iglesia, delante de las gradas del altar mayor, cubriéndolo con una losa blanca en que hasta con algunos ligeros apuntes biográficos se perpetúa la memoria de un hombre tan digno de ejemplo y tan apreciado por los cordobeses.
La vida cotidiana de los ermitaños
Hecha mención de los ermitaños más notables del Desierto de Nuestra Señora de Belén, nos toca describir éste en su actual estado y decir algo de la vida que allí se observa.
El vestido de aquéllos consiste en camisa y calzones de lana basta a raíz de la carne y ceñidos con una correa, encima un hábito y capa de paño pardo y capucha, y en los pies unas alpargatas de esparto. Desde la supresión antes referida mudan de traje para bajar a la ciudad a ir de póstula a otros puntos; entonces, en vez del hábito usan pantalón, chaqueta y capa del mismo paño, sombrero de ala ancha y zapato de becerro blanco.
La comida consiste en potajes de dos o tres clases, según los días de la semana, pan basto y, algunos días festivos, una ración de bacalao. De este alimento se reparte también a los pobres que llegan a la puerta a la hora de campana, y por cierto queen años estériles son centenares los que han acudido, viéndose entre ellos algunas veces personas que morirían de hambre antes de pedir una limosna, pero que la necesidad las ha llevado a aquel lugar, ansiosas de conservar la vida. Quiera la Providencia darles lo necesario para que continúen estas limosnas, que a todos alcanzan, porque los ermitaños nada preguntan y sólo aspiran al socorro de sus semejantes.
A las dos de la madrugada toca la campana de la iglesia, respondiendo las de todas las Ermitas, y sus moradores dejan el lecho para rezar maitines y laudes del oficio parvo de la Virgen. Leen un punto de la Pasión de Jesús, sigue una hora de meditación y después rezan una parte de rosario. Recógense de nuevo a las cuatro, y a las cinco y media, hora en que suenan otra vez las campanas, rezan las avemarías y a seguida prima y tercia. A las seis es la misa, única ocasión en que se ven todos, pero sin hablarse los unos a los otros, ni se oyen más que en los ejercicios piadosos que entonces hacen. Cuando van a éstos lleva cada uno el cántaro para el agua y la alcuza para el aceite, si les hace falta.
Bien presto se retira cada cual a su sitio, tiene media hora de lección espiritual y se dedica al trabajo encomendado por el hermano mayor, que consiste en la construcción de rosarios para la venta a las muchas personas que los desean, y de las que no exigen cantidad determinada. A las diez y media de la mañana suspenden el trabajo, rezan otra parte de rosario, sexta y nona, hacen examen de conciencia, y a las once suena la campana para el reparto de la comida, que les sirven por los tornos contiguos a las puertas de sus humildes viviendas.
Desde entonces se dedica cada uno a lo que le parece, dentro de su recinto, hasta las dos, que rezan vísperas y completas, y continúan en lección espiritual. Desde esta hora a las cinco menos cuarto vuelven a su trabajo, siguen otros ejercicios espirituales, rezan otra parte de rosario y leen un punto de meditación. Tienen disciplinas en determinados días de la semana y hasta las nueve se dedican a lo que juzgan conveniente, hasta ocupar su duro lecho, consistente en tres tablas con una piel de cabra, una almohada henchida de paja y una manta para cubrirse.
Reúnense todos además seis veces que al año hay manifiesto en la iglesia, y en algunas otras festividades en que es precisa la concurrencia de todos en el templo.
Para entrar en la Congregación de ermitaños se necesita el permiso del obispo, y no se hacen los votos sino después de un año de noviciado, para ejercitarlo tanto en las prácticas del desierto como para cerciorarse de su vocación. Al efecto tienen un pequeño edificio con varias celdas en donde hace de jefe el hermano maestro de novicios.
Las Ermitas y el Cementerio
Las Ermitas o casitas donde moran los ermitaños son trece, y se componen de un pequeño cercado con puerta, torno y campana, y dentro un reducido edificio con dos departamentos, uno para el lecho y otro para el trabajo. Varias de estas casitas tienen sobre sus puertas, además de la calavera y dos huesos cruzados que hay en todas ellas, inscripciones recordando haber sido morada de algunos de los hermanos más notables, antes mencionados. Cercana a la portería hay otra pequeña ermita habitada por el hermano hecho cargo de ella, y no muy lejos encontramos el cementerio, formado de varias filas de nichos o bovedillas, y a seguida el edificio más notable del desierto, o sea la iglesia, y unidas a ésta las habitaciones del hermano mayor, capellán, oficinas generales, como cocina, despensas, cuadras y varias habitaciones altas para hospedar a algún sacerdote o persona que tenga que permanecer allí, con el correspondiente permiso del prelado.
En las galerías y anteiglesia se ven muchas tablillas con inscripciones y diversos retratos de ermitaños distinguidos. Entre las primeras hay una en mármol blanco recordando el día en que la reina doña Isabel II visitó el desierto en 1862, cuando su viaje a las provincias andaluzas.
Descripción de la Iglesia
La iglesia es pequeña, forma cruz latina y tiene coro alto. En el altar mayor vemos un bonito cuadro en lienzo con Nuestra Señora de Belén -que algunos creen de Murillo y a nosotros nos parece del racionero Castro-, un Lignum Crucis y dos reliquias de San Acisclo y Santa Victoria. Cerca de dicho punto hay unas capillitas, y en la del lado de la epístola vemos tres buenas esculturas, vaciadas en bronce, que representan al Crucificado, la Virgen y San Juan.
En los brazos de la cruz que forma la iglesia existen otros dos altares, uno con la Concepción y el otro con San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño, y las reliquias de ambos, ya mencionadas en estos apuntes. Algunos cuadros y esculturas decoran lo demás del templo, en el que se demuestra la pobreza que tanto agrada a aquellos anacoretas.
Desde todo el desierto se descubre el más lindo panorama, y especialmente desde un terrado formado sobre un peñón saliente, en el cual se eleva una gran cruz de piedra. A su lado hay un sillón costeado por el obispo señor Trevilla, en el que se sentaba cuando iba a ver a los ermitaños, a quienes profesaba mucho cariño.
Muy cansados consideramos a nuestros lectores por lo pesado que se ha hecho este paseo, y por esta razón tratamos de terminarlo en este punto, dedicando a otro nuevo cuanto podemos decir de otros parajes notables del término de Córdoba.
El antiguo Monasterio de los Jerónimos
Apenas salimos de los muros de la ciudad en dirección de nuestra hermosa y pintoresca sierra divisamos un gran edificio que entre todos descuella, aun cuando yace apartado del lugar más cultivado y concurrido. Es ése el notable monasterio de San Jerónimo de Valparaíso, nombre que a su fundación gozaba ya el paraje en que se asienta.
Ese edificio, perteneciente hoy a la señora marquesa viuda de Guadalcázar, ha perdido con el abandono sufrido casi todas sus bellezas, envueltas entre sus venerandas ruinas. Entre sus escombros vemos lindísimos azulejos y otros restos árabes utilizados al fabricarlo, por haberlos recogido entre lo mucho que se encontraban en la cercana dehesa de Córdoba la Vieja, y que no eran sino otros tantos estimados recuerdos de Medina Azahara, de aquella ciudad formada por uno de los califas de Córdoba para bella y cómoda estancia de su encantadora favorita.
Fundación del Monasterio
Entre los antiguos ermitaños de la Albaida hemos citado, como uno de los más notables, al hermano Vasco, portugués, quien había pasado a Italia con el piadoso objeto de perfeccionarse en la vida eremítica, y de donde, con otros compañeros, regresó dispuestos a establecer en España la orden de San Jerónimo, de la que aún no había monasterio alguno. Su propósito era éste, mas en tanto podía realizarlo adoptó la vida solitaria entre los ermitaños que ya hemos dicho había en nuestra sierra, desde poco después de la reconquista.
Ayudado después por otros dos compañeros que vinieron en su busca -uno de ellos llamado Lorenzo, ya con gran fama de santidad adquirida-, bajó a ver al obispo de Córdoba, consultole su pensamiento, halló franca y decidida protección y no titubeó más en realizarlo. Sin embargo faltábale lo principal, o sea, el sitio para la edificación del monasterio, y sin éste era imposible la fundación anhelada. Su fe, su aspecto de santidad y el aliciente que en cuantos lo trataban llegaba a ejercer, cautivaban la atención del prelado, cada vez más decidido a prestarle su incondicional apoyo.
Una de las veces que bajó a verlo díjole tener esperanza de conseguir el terreno necesario, invitándole a ir juntos los tres a casa de su parienta y amiga la señora doña Inés de Pontevedra, mujer de don Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles, llegando en ocasión en que uno de sus nietos estaba en cama sin esperanzas de vida. Fuese milagro o casualidad, mientras duró la visita el enfermo notó visible alivio, hasta el punto de recobrar la salud en pocos días, y esto dio lugar a que la señora demostrase su agradecimiento y piedad, dando a escoger a los nuevos fundadores una de las tres dehesas de su propiedad, dos en la campiña y otra en la sierra, en el sitio denominado Valparaíso, que era la menos productiva, circunstancia que hizo fuese la escogida por el hermano Vasco, por ser la que menos perjuicios causaba a su generosa bienhechora. Esta donación tuvo efecto en el año 1394, si bien la fundación no quedó formalizada hasta 1408 en que el virtuoso prelado don Fernando González Deza y Biedma concedió su licencia y aprobación para la construcción del monasterio. Contribuyó también en gran parte a su edificación, y además donole en 1420 doce cahíces de pan terciado cada año, trescientas arrobas de vino, mucho aceite, y las vertientes, o como ahora llamamos, Laderas de San Jerónimo.
Bienhechores de San Jerónimo
Tanto los descendientes de doña Inés de Pontevedra como los individuos de la familia a que pertenecía aquel obispo siguieron protegiendo el expresado monasterio, en prueba de lo cual podemos citar entre otros bienhechores a los siguientes:
Don Pedro de Córdoba y Solier, obispo de esta ciudad, le dejó su rica Librería, y en ésta una Biblia manuscrita en pergamino que estimaba mucho, y además mandó lo enterrasen en la capilla mayor de aquella iglesia. Este prelado moró en varias ocasiones en el monasterio referido.
Doña Leonor Bocanegra, mujer de don Juan de Aguayo, le hizo varios legados, y en agradecimiento los monjes le aplicaban 51 misas todos los años.
El chantre don Fernán Ruiz de Aguayo, de quien en otros paseos nos hemos ocupado, le dejó en 1467 diferentes legados, uno de ellos 3.000 ducados anuales, por lo que se le aplicaban 365 misas. Los capellanes de dicho señor, don Juan Sánchez de Torreblanca y Alonso Ruiz Matamoros, le hicieron a la vez otros legados, y el primero la dotación de una vela que constantemente ardía delante del sagrario.
Doña Catalina de Aguayo le dejó varias casas y censos, por lo que se le aplicaba la fiesta de la Purificación de Nuestra Señora. Otros legados le hicieron doña María de Aguayo y doña Aldonza de Montemayor, por quienes se aplicaban algunas misas. Doña Catalina Laján, mujer de don Francisco de Aguayo, le donó los cortijos del Viento y el Blanquillo, parte de un molino de aceite, parte en una aceña cerca de Montero, partes en las dehesas de las Cornudas, Varguillas y Bodedillo, y además otros legados. Todo consta en su testamento, otorgado en 1577. Don Juan y doña Teresa de Aguayo también hicieron diferentes legados, y se le aplicaban algunas misas. Como se ve, esta familia se decidió a proteger el monasterio de San Jerónimo de Valparaíso, consiguiendo a la vez que otras muchas siguiesen su piadoso ejemplo, con lo que los monjes reunieron un considerable caudal, tanto en fincas como en censos y memorias.
Con las rentas reunidas y otros donativos que jamás faltaron no solamente se hizo aquel edificio en la primitiva forma, sino que después, con una parte reedificada y otra de nueva planta, en ella la iglesia se terminó de la manera suntuosa que aún muchos han conocido y todavía conserva, a pesar de sus infinitos deterioros.
Los terrenos inmediatos un tiempo suyos, y hoy también de la señora marquesa de Guadalcázar, son en extremo lindos, por la multitud de naranjos y limoneros y las puras y cristalinas aguas que por doquier serpentean.
Descripción del Monasterio
La fachada principal, decorada con muchos balcones y ventanas simétricamente colocados, presenta una bonita perspectiva. La portada, sin duda más moderna, es de piedra, como todo el edificio, y en el centro tiene un medallón de mármol blanco con un relieve representando a San Jerónimo.
En el interior llama la atención el patio principal claustrado con columnas de orden dórico. Sus bóvedas son góticas, y la parte alta la corona una extensa y hermosa azotea. Hay en estos claustros cuatro excapillas, y al lado de la que llamaban de la Pasión fue enterrado el doctor Antonio de Morales, padre de Ambrosio, cronista de Felipe II, quien en una lápida de mármol blanco le puso la siguiente inscripción, aún existente cuando visitamos aquel edificio. Decía así: D. O. M. S. Antonius Morales Cordubensis honesto et undequaque probatissimo genere ortus, Medicinae doctor praestantissimus, quem plangunt pauperes, inclamant divites, et tota pene Baetica ademptum luget hic situs est. Obiit anno salutis MDXXXV. Hoc tibi, care pater, natus cum carmine saxum Dat, coeca obscurus ne tegereris humo. Nil majus potuit pietas perculsa dolore Quod dedit haec meritis inferiora tuis.
Todo el edificio en general es muy hermoso y digno de haberlo dedicado a algún objeto útil, como el manicomio que quiso establecer allí el notable médico contemporáneo don Antonio de Luna, de quien nos ocupamos en nuestro paseo por el barrio del Salvador y Santo Domingo de Silos.
La iglesia
El refectorio y la sala de capítulos eran notables. La iglesia antigua aún existe adosada a la moderna. Es esférica y por ella se entra en el panteón de la comunidad, en que existen algunas bovedillas.
La segunda, labrada en 1704, tiene una bonita portada gótica de mármol blanco. El interior tenía, y aún conserva en parte, un simétrico embaldosado blanco, rojo y azul; de estos dos últimos colores eran también el zócalo que rodeaba todo el templo, y del que se arrancaron algunos tableros para hacer los sepulcros que en la iglesia de San Hipólito guardan los restos de Fernando IV el Emplazado y su hijo Alfonso XI.
En la parte de pavimento que ha desaparecido le tocó igual suerte a la lápida que cubría los restos del obispo don Pedro de Córdoba y Solier, de quien ya hablamos al hacer mención del famoso don Alonso de Aguilar. Era el siguiente: D. O. M. ¡Ecce hospes! fueram qui nobilitatis origo Hoc humil i Petrus nunc premor in tumulo. Corduba cognomen, patriam, sedemque peramplam Mi dedit, ac sedes vitaque bulla fuit. Quod nunc es fuimus, quod nunc sumus ipse futurus Quam cito preatereat nostra figura, vides. Obiit anno domini 1476.
Poco adorno daban a esta iglesia los retablos de altares, en su mayor parte pintados en el muro. Pero lo era y muy notable, por lo que interesaba a nuestra historia, otro que el abandono y la incuria han hecho desaparecer. Allí lucían, como recuerdo de nuestras glorias, los trofeos militares que los marqueses de Comares dejaron para colocar sobre su sepulcro, no existentes, y con los despojos y banderas que los Reyes Católicos recogieron en la conquista de Granada y dedicaron a este monasterio, hospedaje de ellos el tiempo que se detuvieron en Córdoba para los aprestos militares, antes de emprender y realizar tan gloriosa empresa. Las habitaciones en que éstos moraron eran las contiguas al coro.
Curiosidades y reliquias
Varias otras curiosidades conservaba esta comunidad con el aprecio y cuidado necesarios. Entre las reliquias debemos citar la espina de la corona de Jesús, con auténtico, que hoy existe en el convento del Cister, como en su lugar dijimos, teniendo concedido rezo propio en día determinado, cuya bula hemos leído; la pequeña campana del Abad Sansón y el ciervo de bronce, resto de la célebre Medina Azahara, de que hablamos en el Museo Provincial , donde existen; una espada que perteneció a Aliatar, famoso alcaide de Loja; un capacete de hierro con cenefa de metal, en que había unas letras tan borradas que no podían leerse; un cuchillo como de una tercia, con puño de marfil y la hoja dorada; un puñal; un coleto de gamuza forrado de acero y claveteado por fuera con tachuelas; un acicate y una bocina -estos objetos se decía haber pertenecido al Gran Capitán-; un puñal y varias alhajas del Rey Chico de Granada, y por último, la capa de coro que ya dijimos haberse hecho del traje del corsario Barbarroja. Lástima es grande que no se hayan conservado estas antigüedades, que, como el ciervo y la campana, podían lucir en el museo.
Los monjes de San Jerónimo bajaban a la ciudad para cuanto se les ofrecía, cabalgando unas magníficas mulas que al efecto tenían, y se hospedaban en la hoy casa número 7 de la calle de San Felipe, que era de su propiedad y tenían destinada a este objeto.
Tanto en la iglesia como en otros puntos de aquel edificio reunieron los jerónimos algunas buenas pinturas, entre ellas dos o tres de nuestro célebre paisano Pablo de Céspedes, de quien tan poco conservamos.
Frailes notables en letras y virtudes
Aunque en lo general estos monjes no se dedicaban al estudio con el afán de los individuos de otras comunidades, no por eso han carecido de hombres notables, tanto en las letras como en las virtudes.Entre los de este monasterio descuella fray Pedro de Cabrera, que dejó varias obras inéditas, que con gran estima se guardaban en aquel archivo. En 23 de julio de 1735, siendo prior fray Manuel de San Buenaventura, pidió permiso para sacar de aquél las expresadas obras e imprimirlas a su costa, gracia concedida por la comunidad, si bien otorgándose una escritura por la cual se obligaba a restituir los originales al lugar de donde los sacaban.
Han sido también notables fray Diego de la Serena, quien en 1733 hizo de nogal las puertas de la nueva iglesia. Fray Andrés de Alcoba o Bujalance murió en gran opinión de santo, y a los doce años encontróse incorrupto su cadáver.
En este monasterio permaneció retirado algunos años antes de irse al Desierto de Belén el hermano Juan de Dios de San Antonino, que ya dijimos renunció sus títulos y caudales por abrazar aquella vida, en que tantos ejemplos dio de piedad y penitencia.
Cerca de San Jerónimo está la dehesa conocida por Córdoba la Vieja, lugar en que estuvo Medina Azahara, de la que nos ocuparemos detenidamente cuando nos dediquemos a escribir de la dominación de los árabes.
El ex convento de San Francisco de la Arrizafa
Por la relación que guarda en su fundación con los ermitaños, como sucede al monasterio de San Jerónimo, pasamos al exconvento de San Francisco, conocido generalmente por de la Arrizafa, donde aún existe hoy convertido en fonda, sucursal, digámoslo así, de alguna de las de Córdoba.
Aquella palabra es una corrupción de Ruzafa, título de los famosos y bellísimos jardines y alcázar fundados hacia este sitio por Abderramán I, de los que tanto se ocupan los escritores árabes y cuantos de éstos han reproducido curiosísimas noticias.
A principios del siglo XV vivía en Córdoba un sujeto llamado don Fernando de Rueda, muy bien acomodado y enteramente dado a las prácticas piadosas, y casi alejado por completo de sus convecinos. Este hombre concibió el pensamiento de abrazar la vida solitaria, yendo primero por temporadas y quedándose después con los ermitaños, que como hemos dicho estaban en cuevas diseminados desde la Arrizafa hasta la Albaida.
Ya unido con ellos proyectó realizar sus bienes, dedicando su producto a una obra la más aceptable a su entender para los ojos de Dios, decidiendo al fin fundar un convento observante de la orden de San Francisco, a cuyo efecto logró la competente bula de su santidad Benedicto XIII, en 31 de octubre de 1417, disponiendo el fundador que se estudiase en él, y quedando sólo con vicaría, la que permaneció hasta 1573, que en el capítulo general que se celebró en Sevilla en 21 de mayo fue ascendida a guardianía. También en 1523 cambiaron esta casa de observantes en recoletos.
En cuanto el ya pobre ermitaño Fernando de Rueda se encontró desposeído de bienes y con el convento concluido tomó el hábito en él y profesó la regla de San Francisco, donde con gran austeridad pasó el resto de su vida.
Algunos autores dicen que los señores de la Albaida dieron el sitio que ocupó el convento, y que de ahí procedía el ser sus patronos los Condes de Hornachuelos.
Frailes destacados en sabiduría y santidad
Muchos son los religiosos de sabiduría y santidad que ha tenido este convento, sobresaliendo entre todos San Diego de Alcalá, que aquí tomó el hábito, y San Francisco Solano, que fue maestro de novicios. De ambos pueden verse las vidas en los diferentes Años Cristianos que hay impresos.
También estuvo en este convento y llegó a guardián en él fray Antonio de Sayas, natural de Écija, que obtuvo la mitra de Lipara, dejando además en Italia gran fama de ciencia y santidad.
Cuantos autores hablan de este convento dan crédito a un suceso que produjo gran asombro en los cordobeses. Decían que en 1523, siendo vicario fray Pedro Navarro, varón de extraordinarias virtudes, estando un día la comunidad en el coro, todos sus individuos fueron arrebatados en un éxtasis, del que no volvieron hasta las diez de la mañana, a cuya hora dijeron la misa conventual. Sin embargo, en La Crónica de la orden no vemos este caso.
La cueva revestida de huesos humanos
En el sitio donde la tradición decía haber vivido San Diego de Alcalá, y que aquellos religiosos unieron después al convento, echando la cerca más afuera, aún se conservan vestigios de una cueva, que llegamos a conocer completa, revestida de huesos humanos, viéndose multitud de cráneos, muchos de los que en nuestra última visita vimos rociados por el suelo.
Diferentes versiones se hacen sobre el origen de esta cueva, todas más o menos inverosímiles. Unos aseguran fue hecha por aquel santo; otros que para reunir los huesos esparcidos de resultas de una gran batalla en aquel punto, y otras cosas por el estilo. De todos modos choca el ver tantos restos humanos reunidos en aquel lugar y el destino que les dieron.
El autor de los Casos raros asegura haber oído decir que yendo unos cuantos jóvenes de broma una noche, apostaron a que ninguno era osado a ir a la cueva de los huesos y traerse uno de ellos. Varios ofrecían hacerlo, luego se arrepentían, y por último dos aceptaron el reto y se pusieron en marcha; mas a poco regresó uno de ellos arrepentido desde el camino, no ocurriendo lo mismo al otro que no apareció en toda la noche, infundiendo sospecha con su tardanza de haber sufrido algún percance. En esta duda esperaron la luz del día; fuéronle a buscar y lo encontraron muerto con un hueso en la mano y como si volviese con su apuesta ganada. Este acontecimiento se comentó mucho, interpretándolo como un castigo del cielo por haber profanado aquel santo lugar.
De convento a Fonda
Este convento continuó en aumento durante siglos, y en el presente había disminuido la comunidad y sufrió dos exclaustraciones temporales, o sea cuando la invasión francesa y en la época de 1820 a 1823. En este tiempo, estando su iglesia sin culto, fueron varios jóvenes liberales un día de campo por aquellos alrededores, y entrando en la iglesia uno de ellos se subió al pulpito y estuvo figurando predicar un rato. Esto fue bastante para que al caer la Constitución se le formase una causa que duró algunos años, hasta que, mitigada aquella efervescencia, pudo arreglarse gracias a la amistad particular con alguno de los que intervinieron en el proceso.
La última exclaustración comprendió a este convento, como a los demás, y después de algunos años de abandono fue vendido por la Hacienda, adquiriéndolo don Juan Rizzi, quien lo convirtió en fonda, dependiente de la que tenía en la ciudad, y con cuyo destino continúa, aunque varían los arrendatarios así como los propietarios, pues en pocos años hemos conocido tres.
Lagares y Huertas
En toda la parte de Sierra Morena cercana a Córdoba hay multitud de haciendas convertidas en su mayor número en preciosos jardines, siendo todas dignas de visitarse; unas por sus bellísimas vistas, otras por la frondosidad de sus árboles y arbustos y por sus ricos y sazonados frutos.
Sin embargo podemos dividirlos en dos clases o grupos: uno sobre las cumbres, a que llaman los lagares, y otras mirando a la población y que en general llaman huertas; éstas producen con especialidad riquísimas naranjas y aquéllos abundante cosecha de avellanas, de que se hace regular comercio.
El lagar de Altopaso es el mas célebre de todos por tener en su terreno una magnífica cantera de mármol blanco, hoy abandonada, pero que en un tiempo se utilizó con gran aprovechamiento y a ella perteneció todo el que vemos en la Catedral y otros templos. También contribuyó a dar nombre a este predio el triste suceso de la familia Ferrando, del cual nos ocupamos al visitar la plazuela de San Felipe.
Suceso en el lagar de Sanllorente
En el lagar de Sanllorente ocurrió a principios del presente siglo un hecho que por su rareza creemos digno de consignarlo en estos apuntes. Estando una noche solos el dueño del lagar y su hijo mayor de veinte años llegaron dos ladrones, que desde luego se entraron pidiendo cuanto se les antojaba, hasta que viendo que nada se les negaba se confiaron y tomando asiento a la lumbre dispusieron que les diesen de cenar.
En el acto se puso al fuego una gran sartén llena de aceite, que el hijo tenía por el mango mientras el padre había de ir a la bodega a buscar un bacalao; mas no fiándose los bandidos de dejarlo salir solo de la cocina se marchó uno con él sin abandonar su escopeta. El lagarero, que era pequeño de estatura, soltó la luz y metió los brazos en una tinaja muy grande para sacar el bacalao, retirándose renegando de lo cortos que eran sus brazos; entonces su acompañante soltó la escopeta y le dijo que él lo alcanzaría, y cuando estaba en la operación, fingiendo sujetarle los pies no se cayera, lo arrojó de pronto a lo hondo de la tinaja, dando una voz de aviso a su hijo, que, entendiendo la señal, le tiró al rostro, al que con él estaba, el aceite hirviendo que contenía la sartén, dejándolo caer de espaldas. Hecho esto, ambos salieron corriendo y vinieron a Córdoba a dar parte, yendo en seguida la autoridad competente, que encontró muerto al del aceite y al otro dentro de la tinaja con un brazo roto y una gran herida en la cabeza.
En el término de Córdoba existen otros lugares dignos de mención, tales como la hacienda de Torres Cabrera, cabeza de título y un tiempo villa, existente hasta mediados del siglo XVIII, según datos vistos por nosotros en el archivo de la Diputación Provincial. También han existido poblaciones en los cortijos conocidos por Teba, Los Cansinos y Villarrubia, en la hacienda de Armenta y en otros varios puntos que sería largo enumerar.
La Alameda del Obispo y Huertas de la Sierra
Al suroeste de la ciudad y orilla del Guadalquivir existe una hermosa hacienda conocida aún por la Alameda del Obispo, sitio de recreo de los de Córdoba desde muy antiguo, si bien la abandonaron muchas veces, hasta que don Martín de Barcia la restableció, haciéndole la hermosa casa que aún conserva, plantándole infinidad de diferentes árboles y formando preciosos jardines y un enredadísimo laberinto, donde encontraban motivos de bromas las muchas personas que allí concurrían.
En virtud de las leyes desamortizadoras fue vendida por el Estado a don José Bonel y Orbe, y luego por éste al señor marqués de Casa Irujo, desde cuya época está en poder de arrendadores que sólo se han cuidado del mayor producto, perdiendo, por consiguiente, sus mejores atractivos.
En la parte de las huertas de la sierra –visitada principalmente en primavera por los cordobeses y forasteros- debemos citar como las más notables las de Morales; Segovia, antes de Valero; Celina, antes de Baena; Vega Armijo, antes de los Arcos; el Cerrillo, Santa María, Quitapesares y Olías, siendo la primera y última las de mayor producto, a causa de su extensión y arbolado.
San Álvaro, fundador del Santuario de Santo Domingo
Nos queda un lugar muy notable de nuestra sierra que visitar minuciosamente, y éste es el bonito templo de Santo Domingo de Scala Coeli.
Antes de penetrar en la iglesia, antes de contar cosa alguna referente al convento ya destruido que a su lado tenía, estamos en el caso de dar a conocer a su célebre fundador San Álvaro, uno de los hombres más ilustres por su ciencia y sus virtudes que ha visto la primera luz en Córdoba, aunque es madre de tantas y tan justas celebridades.
Nació Álvaro en esta ciudad como a mediados del siglo XIV, siendo sus padres, aunque no lo vemos muy justificado, don Martín López de Córdoba, maestre de Alcántara, y doña Sancha Carrillo, a la que algunos autores llaman de Valenzuela. En sus primeros años dio grandes muestras de su amor al estudio, aprovechando notablemente el que hacía bajo la dirección de los más sabios maestros, y observó una conducta ejemplarísima, a pesar de los peligros a que en sus juveniles años se vio expuesto. Aún no contaba muchos cuando decidió retirarse a un claustro, eligiendo desde luego el convento de San Pablo de Córdoba, de la orden de Santo Domingo, donde hizo tales y tan grandes adelantos que no tardó en captarse las simpatías de toda la comunidad, y bien pronto logró explicar Artes y Teología, y algún tiempo después Sagrada Escritura, con tanto acierto que sacó buenos y aventajados discípulos.
El cisma que por aquel tiempo afligía a todos los buenos católicos hacía necesario predicadores que mantuviesen la fe, y entre ellos lanzáronse como denodados campeones San Álvaro de Córdoba y San Vicente Ferrer, cogiendo ambos copiosísimo fruto con sus saludables predicaciones. El que nos ocupa, o sea el primero de estas dos notabilidades, dijo sus primeros sermones en Córdoba, de donde, después de alcanzar un brillante resultado, pasó a los pueblos más cercanos, alejándose después a varios puntos de Castilla y Extremadura, luego a Portugal y más tarde a Italia, haciendo sus viajes, en cuanto era posible, a pie y sin más equipaje que su báculo, su breviario y la Biblia, armas con que, unidas a su humildad y carácter cariñoso, hizo numerosas conquistas. Del mismo modo pasó más tarde a Palestina, de donde regresó a los tres años sin haber dejado un solo día de observar sus prácticas religiosas, habiendo predicado en todos los pueblos en que podía ser entendido.
La fama de saber y santidad adquirida por Álvaro le valió a su regreso a España que la reina doña Catalina, viuda de Enrique III, lo llamase a Valladolid, a donde fue después de una orden terminante, y que le eligiese para su confesor, ansiosa de tener tan buen consejero en los arduos asuntos que tanto la fatigaban durante la menor edad de su hijo don Juan II, cometido que cumplió con el celo y acierto que de esperar era de un varón tan docto y tan santo.
Ya mayor el rey consiguió fray Álvaro que pidiese permiso para fundar en España seis nuevos conventos de la orden de Predicadores, y coincidiendo con esta petición, la celebración del capítulo que la misma tuvo en Florencia en 1421 se concedió en él que en cada provincia se fundase un convento de retiro, en los cuales había de seguirse la más estrecha observancia, ocasión que no dudó en aprovechar nuestro santo cordobés, pidiéndolo al rey con tal empeño que no pudo resistir a concederle cuanto quiso y aún más, puesto que le entregó una respetable suma para la fundación de su nueva casa, si bien quedó en extremo pesaroso al privarse de un consejero a quien tanto le debía.
Fundación del Convento
Gozoso con el permiso alcanzado salió fray Álvaro para Córdoba y en seguida empezó a buscar un sitio retirado, útil para la observancia más rigurosa, pero no tan lejos que los religiosos no pudiesen bajar a predicar a la población. Al efecto, eligió un lugar distante de aquélla como una legua y conocido por la Torre de Berlanga. Comprolo por escritura pública fecha 13 de junio de 1423 y al día siguiente empezó la obra, en la que bien pronto empleó la suma entregada por el rey y otras que la piedad de los cordobeses le fue suministrando.
Aún presente en su imaginación cuanto había visto en su visita a los Santos Lugares, puso los nombres de éstos a los alrededores de su convento, y hasta en su memoria edificó varias Ermitas a donde pudieran retirarse a orar los religiosos, ejercitándose a la vez en ellos a celebrar el vía crucis, que desde entonces se extendió por todas estas comarcas. Concluido el convento diole por título Santo Domingo de Scala Coeli, bien adecuado por cierto, puesto que, arrobado el espíritu en santas contemplaciones, parécenos que en aquel lugar nos acercamos a la celestial morada.
En el cerro frente al santuario, dividido del de éste por un arroyo que San Álvaro llamó de los Cedros, vemos aún una pequeña ermita en forma de cueva con un solo altar dedicado a una antigua imagen, bajorrelieve que representa a Nuestra Señora de las Angustias y que algunos creen ser obra de aquel virtuoso cordobés.
En este lugar era donde hacía oración a distintas horas del día y noche, y en donde, apartado de todo el mundo, mortificaba su cuerpo con espantosos ejercicios. Cuenta tambien la tradición que subía y bajaba aquellos dos cerros de rodillas, y que una de las veces, siéndole imposible vadear el arroyo por el aumento de sus aguas, fue amparado por un grupo de ángeles que, suspendiéndolo del suelo, lo llevaron hasta su cueva.
Constante en sus mortificaciones y dando siempre ejemplos de humildad y amor al prójimo, llegó a la edad de setenta años, en que ya no le era posible sufrir el rigor con que a sí propio se trataba. Al fin cayó en una lenta y penosa enfermedad, en la que los demás religiosos lo obligaron a ocupar una cama, pues llevaba muchos años de no tenerla, y conociendo al fin que se acercaba el de su existencia, hizo una confesión general con fray Juan de Valencia, prior de su convento, y dando su bendición a todos sus compañeros, excitándolos a ser fieles observantes de sus votos, entregó su espíritu a Dios en el día 19 de febrero de 1430.
Los historiadores de nuestro santo dicen que a su muerte se notaron ciertos prodigios, como muestras de que aquella alma tan pura habíase elevado a la celestial morada, donde le habrían dado el premio de sus grandes e imponderables virtudes. Éstos continuaron después, según diremos más adelante.
La devoción de San Álvaro
La noticia de la muerte del santo cordobés cundió por la ciudad y millares de sus paisanos acudieron a tributarle los últimos honores, ansiosos de contemplarlo y de guardar algunos objetos que le hubiesen pertenecido o fuesen tocados a su cuerpo. Sepultose éste en una capilla que había a la derecha entrando a la iglesia y donde nuevamente se veneran sus cenizas. Creciendo la devoción, en 1490 lo trasladaron al pie del altar mayor, y bien puede asegurarse que en ese tiempo empezó a dársele culto, por más que aún no estuviese ni beatificado.
Andando el tiempo y hechas las debidas informaciones, de las que hay un ejemplar impreso en la Biblioteca provincial en que consta el culto dado por los cordobeses a su santo paisano, fueron aprobadas y se le concedió de oficio no sólo aquél sino doble para el Obispado de Córdoba y toda la orden de Predicadores, en el año 1741, siendo pontífice Benedicto XIV. Para muestra de la devoción que desde luego inspiró San Álvaro baste decir que a principios del siglo XVII se formó una cofradía en su loor, que en 1603 contaba unos 4.000 individuos, si bien disminuyó casi en su totalidad, puesto que en 1655 se restableció, entrando a formar parte de ella casi toda la nobleza de Andalucía. En el día 3 de mayo, época que creían más a propósito que el 19 de febrero, hacían una gran fiesta a la Santa Cruz, llevando a ésta y la imagen de San Álvaro en una procesión hasta la ermita que ya dijimos había elegido para sus oraciones.
Vicisitudes del Convento
Desde que San Álvaro fundó este convento y empezó a habitarlo en unión de otros siete religiosos, hasta principios del siglo XVI, se observó la más rigurosa vida. Mas en 1531, como ya dijimos en nuestra visita al convento de los Mártires, los monjes Cistercienses que moraban en éste lo abandonaron por falta de recursos y escaso número de frailes. Los que existían en Scala Coeli, deseosos de bajarse a la ciudad, protestaron la insalubridad del sitio y otros motivos que nadie trató de desmentir y dejaron desierta aquella casa, por todos conceptos digna de más consideraciones.
Cuenta el padre Rivas y otros panegiristas de nuestro santo paisano que durante el tiempo de estar abandonado su convento se observaron nuevos y repetidos prodigios, señales evidentes de que la Providencia desaprobaba la conducta de los religiosos; no de todos, pues entre ellos no faltaron algunos que se negaran a seguir a la mayoría y que se pasaron al de San Pablo, desde el cual continuaron sus protestas. Entre aquellos prodigios el más marcado era que tantas veces como intentaban traerse a los Mártires las reliquias del santo y algunas imágenes, el cielo se encapotaba y grandes truenos, relámpagos y aguaceros impedían la realización del proyecto. Los campesinos inmediatos también aseguraron que la campana tocaba a las horas acostumbradas, y aun algunas veces habían visto en el campanario a un religioso que era el que daba los avisos.
La fama de tantos prodigios, unida a las protestas y peticiones de algunos frailes partidarios de aquel retiro, consiguieron del padre general de la orden no sólo la reinstalación de la comunidad -sin obligar por esto a los que quisieran continuar en los Mártires-, sino que eligió para llevarla a cabo al célebre escritor fray Luis de Granada, cuyas obras conocen todos los amantes de las letras, cabiéndonos la honra de que algunas de aquéllas fuesen escritas en este lugar, estando señalado también para eterna memoria un sitio en que por las mañanas solía ir a escribir a orilla del arroyo llamado por San Álvaro de los Cedros, y que algunos conocen también desde entonces por el de fray Luis de Granada. Este célebre escritor cumplió su cometido con gran tino y celo, reedificando el edificio y formando nueva comunidad. Mas, andando el tiempo, tornó ésta a disminuir porque no todos los frailes querían estar en continuo retiro y otros no podían sobrellevar la austeridad allí observada.
Casi quedó desierto el convento de Scala Coeli. La Providencia parecía interesarse en su conservación, y sin duda hizo que ya en el siglo XVIII viniese de conventual el padre fray Lorenzo Ferrari, en el siglo marqués de Cumbre Hermosa, quien volvió a reedificar el convento, particularmente la iglesia, que es la actual, tercera que se ha levantado en aquel mismo sitio. Él con sus fondos y otros que le proporcionaban los devotos, sus deudos y sus amigos hizo traer hasta de Italia y Venecia las hermosas imágenes allí existentes y pintar la bóveda y muros, para lo que se valió de algunos religiosos italianos y pintores pedidos por él, y con otros operarios que iba eligiendo entre los mejores que podía conocer.
Exclaustraciones y decadencia
En el presente siglo sufrió esta comunidad tres exclaustraciones, y en la última vendieron el convento, que fue demolido, y la huerta, hoy de dominio particular. La iglesia quedó abierta al culto con un capellán que la sostenía con las limosnas que nunca han faltado, principalmente al Santo Cristo de San Álvaro, imagen defectuosa y que no puede contar con la antigüedad que la tradición le señala. Hoy cuida de ella una asociación muy numerosa que ha hecho grandísimas mejoras, como más adelante diremos.
Este convento no sólo tiene el recuerdo de su fundador y el haber sido honrado con la presencia de fray Luis de Granada, sino que en él tomó también el hábito nuestro santo paisano el beato Francisco de Posadas, de quien extensamente nos hemos ocupado.
Descripción del templo
La iglesia es de una sola nave de medianas dimensiones, con la bóveda pintada al fresco y con luces agradables. El altar mayor es de talla sin dorar y de mal gusto, pero con buenas imágenes, las más de ellas pintadas en nuestros tiempos, puesto que antes estaban también del color de la madera. En el sitio principal, o sea sobre el manifestador, vemos a Santo Domingo en penitencia, teniendo a su derecha a San Pedro de Verona y a su izquierda a San Jacinto de Polonia, ambos de medio cuerpo. Sobre la cúpula del templete que forma el centro de este retablo se ve a Santo Tomás de Aquino; en la parte inferior están Santa Rosa de Lima y Santa Catalina de Sena, ambas muy lindas esculturas. Este altar está considerado como estación a San Juan de Letrán en Roma.
En los lados de la nave encontramos el altar de la Purísima Concepción, estación a San Pedro; el de Nuestra Señora del Rosario, que lo es a Santa María la Mayor y cuya imagen es de escaso mérito; el de San José lo es a San Pablo, escultura bastante regular; el de Santa Catalina de Alejandría, a San Lorenzo extramuros; el de la Magdalena, estación a San Fabián y San Sebastián, es una bellísima escultura que con razón es elogiada por cuantos visitan esta iglesia; se cree es traída de Venecia; y el de la Impresión de las llagas de San Francisco es estación a la Santa Cruz de Jerusalén, cuya escultura parece de la misma mano que la anterior, pero mucho mejor acabada y entendida.
Cerca de la puerta está el altar del Santísimo Cristo de San Álvaro, una de las imágenes más veneradas de Andalucía y a la que la tradición achaca un origen milagroso.
El Cristo del Milagro
Cuentan que San Álvaro deseaba tener en su iglesia una imagen de Jesús Crucificado, no consiguiéndolo por carecer de medios, puesto que había apurado cuantos encontró para labrar aquélla y el convento. Su corazón caritativo le hizo fijarse un día en cierto pobre tirado en el camino, desfallecido por el cansancio y el hambre. Invitole a seguirle al convento, mas no pudiendo levantarse, echóselo sobre sus hombros, llegando hasta la portería, donde lo dejó, entrando a dar aviso para que le ayudasen a subirlo a su celda. Cuando volvieron el pobre había desaparecido y en su lugar estaba la sagrada imagen que tanto se venera en aquel lugar y que ella misma vino a satisfacer con creces los deseos del humilde y piadoso Álvaro.
Siglos ha permanecido constantemente adorado por infinidad de devotos en un modesto altar erigido en aquel sitio. Pero la fervorosa hermandad que tanto, como diremos, ha hecho por este histórico santuario, acordó en 22 de octubre de 1865 colocarlo en el mismo lugar, de una manera más digna y decorosa. Al efecto hizo una póstula que dio los mejores resultados, tanto en aquel año como en el siguiente, logrando labrarle un bonito camarín con sacristía debajo, retablo, cruz y una magnífica repisa, acabándolo de dorar todo en el año 1873, después de haber luchado y vencido cuantos obstáculos se le presentaron.
Prosigue la descripción de la Iglesia
Frente al altar del Santísimo Cristo hay una pequeña capilla muy antigua, puesto que fue donde al morir San Álvaro dieron sepultura a su venerado cadáver. Hay en ella dos altares; el uno ostenta un busto del santo, que tradicionalmente se tiene por retrato, y por bajo las reliquias del mismo. Al otro extremo hay un bonito Ecce Homo que la hermandad ha conseguido le devuelvan, puesto que cuando la exclaustración lo recogió la Comisión de Monumentos de la provincia, la que se llevó también un precioso crucifijo de marfil que creemos está en la Catedral.
Esta iglesia tiene dos coros, uno alto sobre el cancel, en el que sólo hay un pequeño órgano puesto en estos últimos tiempos, y otro detrás del altar mayor, en el que se encuentra una bonita sillería de nogal, bien trabajada, y sus paredes y cúpula están pintadas al fresco, viéndose en ellas varios grupos de ángeles tocando diferentes instrumentos, las penitentes santas María Magdalena, Rosalía, Genoveva y María Egipciaca, Santo Domingo con la Virgen dándole el sagrado néctar. San Álvaro en un milagro en que se lo tornaron en rosas los pedazos de pan que daba a los pobres, el beato Posadas dando rosarios a los niños y el padre fray Luis de Granada escribiendo una de sus obras. También se ve la ermita de la Magdalena con unos frailes entrando en ella.
El manifestador del altar mayor da también a este sitio, y a los lados tiene dos esculturas que representan a San Miguel y San Rafael. El centro del coro lo ocupa un facistol tallado y sobre él el ángel de la fe teniendo a sus plantas la serpiente de siete cabezas. En los dos postigos que dan entrada a esta pieza vemos la Encarnación y a San Miguel castigando a los ángeles rebeldes.
Cerca de la capilla de San Álvaro está una campanita que dicen tocaba sola cuando iba a morir algún religioso de la orden y que lo hizo momentos antes de morir San Álvaro. El vulgo mira con gran respeto esta campana, asegurando que morirá también el que tenga el atrevimiento de tocarla. En este lugar se conservan las disciplinas y unos cilicios de este santo, y una cruz de hierro con puntas del beato Francisco de Posadas.
En las paredes, arcos y bóvedas de la iglesia están pintados varios pasajes de la vida de Santo Domingo y San Álvaro, algunos santos de la orden y muchos cardenales y obispos de la misma, formando todo un agradable conjunto, si bien las pinturas no son buenas, ni en los retablos y demás adornos de la iglesia reina el mejor gusto, sin duda por la época de decadencia de las artes, que se hizo sentir en el siglo XVIII.
La Hermandad del Santísimo Cristo y San Álvaro
Ya hemos dicho que este precioso templo estaba casi abandonado, toda vez que el capellán tenía que atender a su sostenimiento, al del sacristán, y el poco culto que había, pues se hallaba reducido a la fiesta del fundador, con lo cual era imposible ver realizar las reparaciones que el tiempo hacía cada vez más necesarias.
Condolidos varios devotos del lamentable estado de una iglesia tan venerada se reunieron a principios de septiembre de 1858 y acordaron formar una asociación con el título del Santísimo Cristo y San Álvaro, lo que no tardaron en realizar, elevando una exposición en 14 de dicho mes al obispo don Juan Alfonso de Alburquerque, quien le dio tan favorable acogida que al siguiente día 15 la decretó concediendo el permiso demandado. En 23 de enero siguiente, o sea de 1859, se presentaron también a su aprobación las reglas por que habían de regirse los asociados, y el 26 fueron aprobadas, viéndose con gusto que devotos y prelado rivalizaban en celo sobre este asunto.
El pueblo cordobés comprendiolo así y no permaneció indiferente a la realización del pensamiento, siendo muchos los inscritos, hasta reunir un número considerable. Celebrose entonces una junta o cabildo para elegir hermano mayor, siéndolo don Antonio María Toledano, dignísima persona que contribuyó con sus influencias y caudal, auxiliado con otras limosnas, a que en los años de 1860 y 1861 se hicieran las reparaciones de la iglesia y a que se levantase nueva fachada, poniéndose entonces los lindos versos que vemos sobre la puerta principal, los que son debidos a nuestro malogrado amigo el poeta y arquitecto don Pedro Fernández Meléndez.
La fama de este santuario, realzada con las grandes mejoras realizadas constantemente por la nueva asociación, atraía más cofrades y devotos, y hasta en una de las veces en que los duques de Montpensier fueron a este sitio, 15 de marzo de 1861, inscribieron sus nombres como cofrades. Súplica análoga hizo el señor Toledano al infante don Francisco de Paula Antonio, el que en 20 de julio del mismo año pasó una comunicación declarándose hermano protector, y el 4 de cotubre de 1862 se dirigió otra exposición a la reina doña Isabel II, la que por real cédula de 3 de diciembre del mismo año accedió a que figurasen como tales cofrades ella, su esposo y sus hijos el príncipe de Asturias, hoy Alfonso XII, y la infanta doña Isabel.
La hermandad agradeció en extremo tan señalada honra, y queriendo demostrarlo así a las reales personas acordó en 6 de diciembre de expresado año regalar a Su Majestad un relicario de plata que guardase una de San Álvaro, ofreciéndose don Antonio Toledano a entregarla en persona, oferta cumplida en 25 de abril de 1863, al mismo tiempo que participaba que en 23 de enero anterior habían elegido por su hermano mayor al príncipe de Asturias, quedando el señor Toledano como su teniente. Este nombramiento se ha corroborado en el año 1877, pues al visitar el rey esta capital admitió el acta y diploma que le fue entregado en la iglesia de San Rafael, puesto que por el poco tiempo que estuvo entre los cordobeses no pudo tener lusar en el santuario de Scala Coeli.
La romería y los cultos
Éstas y otras muestras ha dado la hermandad del celo que le anima en pro de aquel precioso santuario, en el que constantemente está realizando grandes mejoras y aumentando el culto, por cierto muy lucido en la función anual que se le dedica en 19 de febrero, día de San Álvaro, dando lugar a una muy numerosa romería.
En el quinario que se consagra al Santísimo Cristo en los cinco primeros viernes de Cuaresma, además de ser adorado en la noche del Jueves al Viernes Santos, en el día de la Candelaria y en el de la Cruz, celebrándose además todos los años unas solemnes honras por eterno descanso de los cofrades difuntos.
La memoria del primer hermano mayor don Antonio María Toledano, a quien tanto debe la asociación, fue honrada dignamente, y se le dio sepultura debajo del altar del Santísimo Cristo, deseo manifestado por aquel irreemplazable devoto.
De las Ermitas que se edificaron en las inmediaciones de esta iglesia se conservan tres, o sean las de San Álvaro, la Santa Cruz y Santa María Magdalena, de las que cuidan los devotos. Asimismo se conserva el Calvario, o sea el número de cruces preciso para la vía sacra celebrada en los viernes de Cuaresma.
Nada más diremos del término de Córdoba, no por falta de datos sino porque sería interminable nuestro trabajo si fuésemos a referir y describir el cúmulo de consejas y tradiciones contadas de cada lugar que visitásemos. Además, nuestros lectores deben estar cansados de estas pesadas narraciones y desearán volverse a Córdoba, donde espero contarles cuanto he sabido del barrio de la Catedral, el más extenso y el último de mis paseos.
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